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martes, 9 de junio de 2015

Ramadán.

El 18 de junio empieza el Ramadán, que es una de las fiestas más significativas en el calendario musulmán, el mes del ayuno. El Ramadán, salvando las distancias, sería un poco el equivalente a la Semana Santa católica, aunque con más importancia para la comunidad musulmana, al ambas festividades dedicadas al ayuno y a la oración.

El Ramadán cae cada año en una fecha distinta, porque el calendario musulmán no es un calendario solar, sino lunar. Miden el tiempo por los ciclos lunares. Así, el Ramadán comienza con la puesta del Sol del último día en el que se pudo ver la Luna en cuarto creciente por última vez durante el mes anterior, el mes de Shaabán.

La cosa no es tanto entender cómo funciona el calendario lunar como entender que el Ramadán puede caer tanto en verano como en invierno, en cualquier mes del año. Y este año le toco al 18 de junio y durará hasta que se ponga el Sol el 17 de julio. Además tiene la curiosidad de que en distintos países puede cambiar ligeramente la fecha, en función de la visibilidad de la Luna en cada lugar.

Pero lo importante es que para los musulmanes que profesen en Europa empieza el 18 de junio. Por una serie de razones que tampoco vienen mucho al caso he estado hablando con dos amigas musulmanas sobre el Ramadán y, aunque yo no soy musulmán ni tengo especial interés en convertirme, me pareció algo realmente interesante. Y aunque el lector improbable no lo crea, quizá desde el BDSM quepa hacer una lectura de esta práctica religiosa.

El Ramadán es un mes en el que los fieles se abstienen de comer y beber durante el día. Bueno, a ver, depende de lo religioso que seas... si te está dando un vahído un vasín de agua podrás beber, pero no siendo eso, no se puede ni beber agua durante el día, hasta que den las diez de la noche, ahí es cuando puedes volver a comer y beber. Es más, ahí es cuando DEBES volver a comer y beber. Incluso antes de tus oraciones, deber comer y beber. Así el fiel debe sacrificarse, pero no poner en riesgo su salud. De hecho, al no poder comer desde que el Sol sale hasta que se vuelve a poner, tiene que levantarse antes de que salga el sol (en invierno es una ventaja, porque si amanece a las ocho de la mañana no es que te pegues un gran madrugón, el problema es el pleno verano que a las cinco ya está amaneciendo) para tomar un pequeño desayuno (As-suḥūr, dice la Wikipedia en castellano), que no se puede eludir.

El fiel consagra su alimento a Alá con estas palabras «se fue la sed, se hidratan las venas y se alcanza la recompensa con el permiso de Dios» (sí, esto lo saqué de la Wikipedia en portugués).

Los niños, las mujeres embarazadas, los enfermos, la gente muy mayor... están exhentos de ayunar.

El otro día una amiga musulmana me decía que ella ya iba a empezar esta semana el ayuno, porque aparte del Ramadán, un fiel puede ayunar cuando quiera para reforzar su fe.

Como dije, yo no soy musulmán, y desde luego no será en este blog donde se haga proselitismo de ninguna religión; hacer proselitismo de una religión que no profesas es, cuanto menos, raro. Pero tengo que reconocer que en un mundo donde el consumo es lo que lo marca todo, donde incluso las personas acabamos siendo un  objeto de consumo, ya como fuerza de trabajo, ya sexualmente, sentimentalmente, en el BDSM... (¿quién no piensa en ese prototipo de Amo que exhibe a su sumisa como una porcion de carne porque está buena y puede presumir de pibita?, Amo, Ama o, por qué no, sumisos y sumisas... también vainillas, por supuesto) me llamó la atención la espiritualidad y la religiosidad del Ramadán. Podemos encontrar paralelismos con la Semana Santa, en la que, tradicionalmente, no se podía cantar, bailar... y en la que no se puede consumir carne (especialmente el Jueves y el Viernes Santo), pero sin duda, abstenerse de consumir carne no tiene ni punto de comparación con abstenerse de consumir comida ni bebida desde que sale el sol hasta que se pone. 

A menudo uno ve Amos y Amas que castigan o prueban a sus sumisos con abstinencia (normalmente sexual, aunque pueden darse otros tipos), y en este caso son los fieles (bueno, y la comunidad, porque la religión siempre se vive en comunidad) los que se autoimponen la abstinencia, no como un castigo, quizá sí como una prueba, pero sobre todo como una forma de introspección, de conocerse mejor a sí mismos a través de la religión (¿cuántas veces hablamos eso de conocernos mejor a nosotros mismos a través del BDSM?).

Sin duda alguna los periodos de abstinencia podrían ayudarnos a vernos menos a nosotros mismos como un objeto de consumo y a pensar menos en el placer inmediato y en el hedonismo que no pocas veces nos adormece en tantos y tantos aspectos de nuestras vidas. Quizá un mes entero sea mucho tiempo para alguien que no profesa el islam, pero quizá un día, tres días o una semana podrían ayudarnos de práctica para entender.




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