Pincha y entra. ¡Hay que frenarlo!

viernes, 12 de julio de 2013

A quien pueda interesarle.



Aunque llevo toda la vida sintiendo pulsiones sumisas, sintiendo deseos, teniendo fantasías, sueños... Llevo muy poco tiempo en este mundillo que es el del BDSM. Un mundillo que, de la que empecé mi andadura, hará unos tres o cuatro años (así a bote pronto no recuerdo bien) me parecía fascinante, ilusionante, lleno de gente que conocer, de la que aprender y con la que compartir tantas y tantas cosas. Una visión ilusa de una mente ilusa y, a base de no querer ver sino lo bueno que hay en la gente, ciega. Porque éste es un mundo maravilloso, lleno de gente que conocer, de la que aprender, lleno de gente a la que me alegro enormemente de conocer, gente que, a mi lado o lejos de mí, llevaré siempre, SIEMPRE, conmigo, en mi corazón y mi memoria... Gente de la que aprendí y aprendo a diario. Pero, inevitablemente, el BDSM no nos hace peores personas, pero tampoco mejores. Quizá una de las lecciones más importantes que aprendí en estos años de participar en la vida bedesemera asturiana, como bedesemero, como sumiso, pero también como miembro de una organización (creo que todos los que leen este blog saben que milito en ACA BDSM, algo que no me gusta plantear como carta de presentación, pues la organización en la que milito no es, en ningún momento, responsable de las opiniones, sentimientos y visceralidades que aquí viertl. No voy a decir que aprendí a participar de una asociación, porque es falso, esa es una lección que, afortunadamente, traía bien aprendida de casa. Y digo afortunadamente porque, afortunadamente, ya conocía algunas piedras que me podía encontrar en el camino. Ya sabía que no todo el mundo sabe ni entiende (ni quiere entender) lo que supone un compromiso colectivo, más allá de la forma en la que éste se manifieste (que sin duda es de vital importancia, pero no es el tema que vengo a traer hoy, por lo que no voy a profundizar). Sabía ya que existen personas que únicamente exigen resultados sin valorar el trabajo altruísta y solidario (qué palabra más guapa y, en ocasiones, más hueca) de las personas que optan por seguir como camino de vida el camino de la militancia (otra gran palabra) y el sacrificio de partes nada desdeñables de su vida por un proyecto común, que se puede compartir o no, que se puede criticar con más o menos fiereza (incluso con crudeza absoluta, es lícito) pero que no puede ni menospreciarse ni boicotearse (pues las conductas miserables no son jamás lícitas).

Sin duda, era algo que conocía, algo que sabía. En el movimiento asociativo tengo llevado muchos palos, sufrido muchas traiciones y conozco lo que es ser vilipendiado por compañeros que no sólo deciden dejar de hacer causa común contigo (muy lícito, cada uno escoge a sus compañeros de camino y sus formas de trabajo, y a nadie se le puede echar en cara descolgarse de un proyecto si desea iniciar otros, o si desea volver a su casa), sino que deciden convertirte en el blanco de sus ataques. Pero tengo que decir que es en este mundo, en este mundo abierto, respetuoso, bonal, en el que vi los niveles de miserabilidad más grandes. Especialmente porque se trata de una miserabilidad gratuíta. Nada sacan las personas que actúan con odio y rencor, las personas que no sólo odian (madre mía, no seré yo el que diga qué sentimientos tiene que tener la gente) sino que se comportan de formas rastreras.


La cobardía, señores míos, la cobardía manifiesta y escogida como forma de vida, es miserable. Y todos somos capaces de cometer actos miserables, pero cuando la miserabilidad se busca intencionadamente, entonces podemos concluir que estamos ante personalidades miserables, y per ende, execrables. Señalar con el dedo desde el anonimato, desde perfiles en las redes sociales que son irreconocibles e inidentificables con personas reales, confundir el blanco de tus ataques y personalizar en individuos concretos los ataques que pretendes hacer contra una organización y contra una visión concreta del BDSM, no sólo es cobarde, sino que es digno del mayor de los desprecios. El desprecio que siento yo ante estas personas que buscan el daño por el daño, innecesario, estéril. Pero ya se sabe, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, y siempre es preferible ser cabeza de ratón que cola de león, aunque al ratón se lo acabe comiendo un gato. Porque si te quieres desentender de un proyecto y generar otro alternativo, ¡perfiecto! hazlo, pero sin abrir frentes innecesarios que sólo dañan al BDSM.

Yo jamás estuve en Rusia. En consecuencia, no puedo decir que en Rusia me trataron muy mal, porque en Rusia no me trataron, ni mal, ni bien, ni regular. Yo nunca estuve en Rusia. En conscuencia, cualquiera que sepa que nunca estuve en Rusia, si me oyese decir que en Rusia me trataron muy mal podría decir con plena justicia que soy imbécil, que mi opinión carece de sentido y que, por lo tanto, mi opinión sobre el noble pueblo ruso no es respetable, pues parte de una mentira, en la mentira de que en Rusia me trataron mal. Si yo insisto en esa idea porque tengo un secreto interés en desprestigiar al noble pueblo ruso, cualquiera que sepa que nuca estuve en Rusia y que comprenda que estoy diciendo que en un país en el que no estuve me trataron mal, estará en plenas condiciones de despreciar no sólo mi opinión, sino mi persona. Porque no, no todas las personas son dignas de aprecio, ni tan siquiera de consideración, cuando día a día se emperran en demostrarnos que la miserabilidad es su estandarte.

Por eso, a quien esto pueda interesar,

dejo constancia de lo que sigue:


Que lo que sigue es única y exclusivamente la postura personal, intransferible, firme e invariable de la persona signataria de este blog, postura escrita en la noche del 11-7-13 al 12-7-13, a las 4:40 de la mañana, incitado por determinadas actitudes apreciadas en algunas redes sociales.
Que formo parte del proyecto, de la cosmovisión, de la ideología y del colectivo humano que está siendo sometido a un juicio social sumarísimo de puerilidad absurda y está siendo (o queriendo ser) sometido a un pseudo-linchamiento de matón de patio de colegio.
Que en consecuencia, me siento (soy) blanco de esos ataques que en ningún modo pueden considerarse lícitos (pues se articulan en torno a personalismos sin argumentos de ningún tipo), aunque a mí no se me mencione en ninguno de ellos. Que los ataques no se pueden considerar individuales sino colectivos, pues atañen a realidades y situaciones manadas de un debate, no manifestado nunca, en torno al BDSM, y hace referencia al comportamiento y las ideas, no personales ni individuales, sino colectivas de las personas referidas.
Que esta decisión firme no tiene ninguna relación con los afectos o los desafectos personales que tenga con otras personas, sino con la cosmovisión que mantengo del mundo BDSM, del mundo en general y del compañerismo y la solidaridad.
Que esto lleva implícito que si mañana se rompen los lazos personales que me unen estas personas, esta relación de compañerismo y solidaridad no se verían afectadas, pues no se basan en relaciones personales, sino organizativas y colectivas, además de en la dignidad del compromiso.
Que mis frustraciones personales o mi desaliento por no conseguir determinados objetivos personales y sentimentales jamás podrán ser capitalizados por nadie para convertirme en una punta de lanza contra nadie.
Que quien piense esto, sin duda piensa que soi imbécil. Que sé parezco imbécil, pero no lo soy.
Que mientras forme parte de cualquier organización de cualquier naturaleza acataré las decisiones que colectivamente se tomen en esa organización. Que independientemente de mi conconrdancia o discrepancia con una decisión concreta soy firme partidario del centralismo democrático. Que creo en la necesidad de discrepar y generar bloques críticos desde la unidad sin fisuras. Que discrepar no es romper. Que romper no es atacar. Que atacar no es utrajar. Que el ultraje es cobarde.
Que si dejo de formar parte de una organización, por principios, jamás utilizaré información interna para dañarla. Que esto se hace extensible a las personas que formen o que hayan formado parte de esa organización o de cualquier realidad colectiva.
Que si dejo de mantener relaciones emocionales con determinadas personas, por los mismos principios apuntados arriba, jamás utilizaré información privada para dañar a nadie. Que la muerte de una amistad no significa el nacimiento de una enemistad. Que a las personas a las que se quiso una vez, siempre se las quiere de alguna forma. Que el orgullo y el dolor jamás pueden ser el abono del odio. Que el odio sólo se puede comprender contra quienes dañan lo que amas.
Que la autopreservación es la primera regla de la Naturaleza. Que por esta regla la autodefensa es siempre legítima. Que esta autodefensa se extiende a las personas con las que estableces una relación de solidaridad y compañerismo. Que la solidaridad y el compañerismo están por encima de la amistad. Que la autodefensa es legítima por cualquier medio necesario. Que la violencia tiene como respuesta la violencia. Que la violencia tiene más formas que la violencia física. Que la violencia por la espalda es cobarde. Que la cobardía sólo anida en corazones secos. Que la cobardía da asco. Que la respuesta a la agresión es siempre noble, por más que pueda resultar violenta. Que la nobleza es un acto de amor hacia uno mismo.


A quien pueda interesar comunico que los enemigos de mis amigos pueden ser mis enemigos. Que los enemigos de mis compañeros son el enemigo. Que los amigos de hoy pueden ser los enemigos de mañana, los enemigos de hoy mañana pueden ser amigos, pero el enemigo es el enemigo. Que los afectos cambian, van y vienen. Que la coherencia permanece si se es coherente. Que el enemigo no es el enemigo por un desafecto personal, sino por algo más profundo que los afectos y los desafectos. Por coherencia. Que todos podemos tener contradicciones, que las contradicciones son naturales y legítimas. Que las incoherencias son inadmisibles.

A todo el que esto vea y entienda, manifiesto, que éste soy yo, que éste es mi lado, que no estoy aquí circunstancialmente, sino por elección propia. No por casualidad, no por afinidades personales, sino porque éste, y no otro, es mi sitio. Que mañana mi sitio puede ser otro, pero siempre desde el respeto a lo que soy ahora. Que las hostias que recibe un compañero son hostias que recibo yo. Que es muy fácil dejar a los compañeros en la estacada, que es muy fácil dejarse llevar por las frustraciones personales, por las pequeñas y las grandes derrotas, por los rencores viscerales y por el dolor de no tener lo que se desea. Que no estoy aquí, de este lado, para intentar conseguir lo que deseo y no tengo. Que ni mis deseos ni mis frustraciones son objeto de debate
A todo el que pueda interesarle, dejar claro que si alguien cree que ése soy yo, si alguien cree que mis muchas miserias pueden hacer que mi posicionamiento sea dudoso, entonces, no me conoce en lo más mínimo. Éste soy yo, esto es lo que tengo que decir, aquí estoy, aquí voy a quedarme.

Aviso a navegantes, no siempre sonrío.

sábado, 15 de junio de 2013

Como un Ave Fénix.

Según la mitología, el Ave Fénix muere y renace cada quinientos años. Cuando se siente morir hace un nido con plantas aromáticas, que arde, y ella renace de las cenizas. Con todo, supongo que a pesar de la inmortalidad, nadie le libra del dolor de las quemaduras. Creo que la leyenda no aclara eso.

En el BDSM y en la vida (¿qué es el BDSM sino la forma en la que decidimos vivir nuestra vida?) uno a veces recibe varapalos y vive situaciones desagradables. Especialmente cuando no consigue lo que desea y con la persona con quien lo desea. Un sueño que se rompe y de despedaza por los suelos, aunque ya hacía tiempo que se veía cada vez más lejano, a pesar de que yo no quisiera aceptarlo. Sería ridículo decir que me da igual, cuando es obvio que a lo largo del tiempo uno genera sentimientos y esperanzas. Al dolor por no conseguir aquello que deseas se le suma la frustración de no haber sido capaz de merecer tenerlo, de no haberlo ganado. La frustración de sentirte un mal sumiso, y no precisamente una buena persona. La frustración no sólo por no conseguir aquello que quieres, sino por no ser aquello que esperabas ser.

Esconder el dolor, obviarlo, no puede traernos nada más que una úlcera, porque las personas necesitamos expresar nuestros sentimientos, vivir el duelo, llorar la pérdida para poder avanzar. Y esa superación no es algo que pase de un día para otro, lleva su tiempo. Y el tiempo que lleva creo que es proporcional a lo duro de la pérdida. Y en este caso, no sólo perdí la posibilidad de tener algo con una Ama sensacional, sino que además perdí la confianza en mí mismo como sumiso. Es inevitable, pues no puedo evitar pensar que no fui capaz de luchar por alguien tan importante en mi vida, no sólo por lo que ella es para mí, sino por lo que me hacía ser. Porque una persona puede ser sensacional para ti, pero cuando alguien realmente se convierte en importante es cuando te hace gustarte a ti mismo cuando estás con ella, cuando te hace mejor persona.


Boabdil entregando las llaves de Granada a los Reyes Católicos.


Cuando Boabdil, el último monarca musulmán del Reino de Granada, le entregó las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos, dice la leyenda que rompió a llorar, viendo que perdía su amada ciudad en manos del enemigo cristiano. Según la leyenda su madre le recriminó con duras palabras diciéndole «llora como un niño lo que no supiste defender como un hombre». No parece tener mucho sentido darse golpes de pecho y lamentarse por lo perdido (o, en mi caso, por lo no ganado), sobre todo cuando uno no fue capaz de mantenerlo a su lado. No parece tener mucho sentido dejarse desfallecer por el dolor y la deseperanza cuando lo único que queda es seguir para alante. Seguir creciendo como sumiso y, lo que es realmente importante, como persona. No parece tener mucho sentido hacer como Boabdil, y llorar aquello que no se supo defender.

Me llevo de toda esta experiencia todos los buenos recuerdos. No puedo decir que no me llevo los que pudieron ser menos buenos, porque sin duda los hubo. Pero honestamente, los buenos recuerdos son más, pesan más y merecen más la pena ser recordados. Me llevo, además, el consuelo de que de toda esta experiencia sobrevive una amistad profunda, valiosa por sí misma. Pudo ser ésta una desilusión destructiva que nos alejase como personas, y que nos llevase a cada uno por su camino, quién sabe si maldiciendo a la otra parte. Afortunadamente no es así, y si parece que nos lleva a cada uno por nuestro camino en el BDSM, no nos separa en otros aspectos de la vida, donde seguimos y espero que sigamos compartiendo por muchísimos años tantas y tantas cosas. Empezando por un sentimiento mutuo de cariño profundo y de amistad. Pierdo la que para mí hubiese sido la mejor Dueña del mundo, pero mantengo una fantástica amiga, que no es poco.

Reconozco que en este tipo de situaciones no sé cómo debo sentirme, pues me genera una felicidad enorme verla feliz en su nueva andadura, pero a la vez, esa felicidad se ve ensombrecida porque esa nueva andadura no sea conmigo. Pero en cualquier caso, una cosa tengo clara, que el dolor se acabará yendo. No sé cuando, seguramente ni hoy, ni mañana, ni la semana que viene. Son muchas cosas y muchos momentos, mucho tiempo que no puede borrarse así como así. Pero el dolor se irá, y quedará todo lo demás. La confianza, la complicidad (quizá no la que yo hubiese deseado, pero sí una complicidad que, como amigo, habrá de llenarme) y todo aquello que aprendí de su mano, y lo que espero seguir aprendiendo a su lado.

Soy débil, inconstante y flojo. Pero de esa debilidad habrá de surgir toda la fuerza que necesito, porque sé que tabién soy tenaz (parece una contradicción, lo sé, pero sólo lo parece), tengo fuerza para crecerme ante la adversidad y la energía necesaria para seguir adelante. Y además, sé que no me ha de faltar el apoyo de las personas que hasta ahora siempre me lo dieron y me lo van a seguir dando.

Estamos en el tiempo del fuego, de arder en mi nido de incienso y llorar mi muerte como sumiso (no deja de ser una pequeña muerte, pues uno, en parte, se construye como sumiso al querer entregarse a alguien), pero mañana será tiempo de luz, de resurgir de las cenizas, como el Ave Fénix, y de alzar el vuelo, con todo el bagaje acomulado. Con todas las energías y toda la fuerza. Porque no hay nada que pueda pararme. Porque no me quiero parar.


Seguramente algunos estaban esperando que dirigiese palabras duras y sangrantes contra la persona a la que al final no puedo servir. Lamento desilusionarles, ni soy capaz de afilar mi lengua contra quien me hizo tanto bien y a quien quiero tanto, ni va con mis principios, ni sería justo. No podré avanzar de rodillas a sus pies, pero sabe que caminaré a su lado. No me llevará de su correa, pero sé que puedo seguir contando con ella. Y a pesar de todo el dolor, creo que es un motivo para sonreír y alzar nuevamente el vuelo. Porque ahora es el momento de resurgir.




 
Ave Fénix



PS: Y a Ti, gracias por todo lo que me diste, aunque nunca hayas sido mi Dueña, eres quien hizo de mí un sumiso. No podré olvidarlo.

jueves, 6 de junio de 2013

Un tiempo para esperar, un tiempo para luchar.


«Todo tiene su momento y cada cosa tiene su tiempo bajo el cielo. Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de destruir, tiempo de construir [...]».

Eclesiastés, 3,1

 

Hubo un tiempo para inundarme de tus ojos azules,
otro para ahogarme en todos tus silencios
y desesperarme, perdido de Ti y de lo tuyo.
Hubo un tiempo que me tuviste en tus dedos abedules
y otro en el que me soltaste y volé en mis pensamientos
¡tan perdido! Con miedo y frío, tiempo que rehuyo.
Un tiempo para escribir versos grandes,
otro para escribir pequeños versos.
Tiempos todos para creerte y creer en esos instantes
que me dieron toda la fuerza y la fe de los conversos.
 
Tiempos de arrodillarse y levantarse,
de beber de tus manos en cuenco
o de estirar de la cadena para escaparme,
para recapacitar o para vivir el momento.
Tiempo, siempre, siempre, siempre
para sentirme cosa tuya, nunca mía,
como cesto frágil de mimbre
al que la Artesana da forma y vida.
 
Siempre con prisas, exigencias y apremios,
ansias de ser tuyo, de conquistar mis sueños.
Sé ahora que hay un tiempo para esperar,
entender que no he de ser quien marque los tiempos,
hacer de mi fe entrega verdadera
y entregar con ella mis sueños y alientos
a la única Diosa a la que sé rezar.
Da igual el tiempo que haya que esperar,
porque no es castigo, sino premio, esta espera.



miércoles, 8 de mayo de 2013

Palabras a un amigo y el miedo a decirlas.

A veces uno causa, sin querer, daño en las personas que más quiere. Yo causé daño en algunas de las personas qué más quiero, y muy en particular en una de ellas. Ya sé que las palabras sólo son palabras, pero quiero dedicárselas a ese amigo incuestionable que siempre está a mi lado y que, a pesar de todo, cuestioné. De todas las veces que metí la pata, ésta es de la que más me avergüenzo, porque no se puede pedir confianza cuando no se da, ni se puede achacar a los demás lo que uno mismo hace mal. Ésta es mi forma de pedir perdón.
 
 

¡Cuántas veces fuiste el yunque
sobre el que se apoyó flácido el acero
forjánose bajo el martillo del desvelo!
¡Cuántas el vado en el que el pie no se hunde!
Cuántas tu mano se tendió a mi andar,
sirviendo de muleta a este torpe cojo
que tan malamente avanza a paso de piojo
y que día a día parece no avanzar.

Olvidé, por innumerables,
las veces que enjugaste mis lágrimas,
que me alentaste en mi sueño infatigable
lanzándome al abismo para volar
mis alas de cadenas con las eternas ánimas
sobre los fuegos del desierto solar.

Y una vez más traicioné tu confianza
del frescor de rosas, lirios suaves y amapolas.
Y una vez más azucé mis mares contra tus rompeolas
escupiéndote injurias en mi desesperanza.
Y una vez más dejo en manos de destino
mis esperanzas, penas, desvelos y sueños,
todos y cada uno de mi empeños,
mi ser pequeño, pueril, anodino.

Tu perdón, mis disculpas,
los agravios que me imputas,
ya no es tiempo de entregarlos
a las manos del destino,
es hora de tomar mi camino,
coger los males causados y enmendarlos.

Las palabras sólo son palabras
si no se sostienen en ninún hecho.
Pero, golpeando la culpa en mi pecho,
no me queda más que pronunciarlas
hasta que con tus ojos veas el momento
en que con hechos muestre mi arrepentimiento.


jueves, 25 de abril de 2013

Límites.

Hace mucho que quería escribir sobre los límites, aunque nunca supe bien cómo abordarlo, así que hoy me animo y me lanzo al mar, sin salvavidas ni nada.

Siempre que sale el tema de los límites digo que yo no pongo límites, lo que a menudo es malinterpretado como que no tengo límites. Poner límites y tener límites es algo muy distinto. Algunas personas me dice que si no pongo límites le estoy dando derecho al Dominante a hacer aquello que considere, y que no puedo decir que no, ya que para eso tenía que haber puesto límites. Están en lo cierto. La cuestión es que para que un Dominante pueda hacerme lo que quiera tendré que entregarme primero a él (uso el masculino genérico, pero reconozco que en mi mente estoy viendo una mujer, no un hombre). Y para entregarme a él, tendrá que ganarse mi confianza, conocerme y conocer mis límites, esos mismos límites que no pongo, pero que sí tengo.

Esto parece muy complicado, y sobre todo, parece una cotradicción, pero veréis que no hay contradicción ninguna. A menudo cuando hablo con Dominantes o con sumisos me preguntan cuáles son mis límites, y los últimos me cuentan los suyos. A menudo cuando un Dominante habla con un sumiso, éste le expone todos y cada uno de sus límites, pero damos por hecho de que todos entendemos lo mismo cuando hablamos de límites. Un límite puede ser aquello que no puedes hacer, por ejemplo, yo ahora estoy parado, pero si trabajase, no podría abandonar mi trabajo, porque lo necesito, del mismo modo que no me puedo desplazar, porque no tengo capacidad económica para hacerlo. Un límite puede ser aquello que, aunque técnicamente podrías hacer, no estás dispuesto, por ejemplo, yo podría abandonar asociaciones en las que estoy, militancias políticas... Incluso podría dejar de relacionarme con mis amigos, pero es algo que no voy a hacer bajo ningún concepto. Un límite puede ser aquello que no quieres hacer, por ejemplo, a mí me gusta ir, muy de vez en cuando, a tomar unas botellas de sidra con mis amigos, y aunque bebo muy poco, no tengo ningún interés en abrazar la abstemia total, y para hacerlo debería tener muy buenos motivos... Un límite también puede ser algo a lo que le tienes miedo, por ejemplo, a mí me daría mucho miedo que me cediesen, y es algo a lo que no sé si estoy dispuesto. No sé si estoy dispuesto, es decir, puede darse el caso de que por muy entregado que esté a mi Dueña, no sea capaz de pasar esa barrera jamás, y jamás pueda aceptar ser cedido... O puede que con el tiempo, cambie de parecer, no tengo la capacidad de conocer el futuro.



Cuando empecé en esto, pensé que jamás querría jugar con agujas, o que jamás me prestaría a una sesión medical, pero hoy no lo tengo tan claro, y aunque nunca jugué con agujas, es algo que estoy deseando hacer, y el medical... digamos que hay cosas que sí y cosas que no (cosas que hoy, en este momento, no). Los límites son variables, y dependen de muchas cosas, especialmente del nivel de confianza y comunión al que llegues con la otra persona.

Por eso, cuando conozco a una persona Dominante no me gusta sacar mi lista de límites, porque no me gusta empezar una relación diciendo qué no estoy dispuesto a hacer, sino que prefiero poner el acento en lo que sí estoy dispuesto a entregar. Obviamente, si mañana quedo con una Ama y tengo una sesión, así porque sí, tendré que poner una serie de límites, ya que esa persona no me conoce de nada. Pero si quiero establecer una relación... Evidentemente eso depende de la prisa que tenga por establecerla. Si quiero establecer una relación en dos meses, o pongo límites o estoy metiéndome en la boca del lobo, ya que por mucho que hablemos, en dos meses no nos vamos a conocer tanto (quizá sí conozcamos los límites más físicos, pero quizá no los más emocionales, quizá en dos meses un Dominante pueda llegar a conocer los límites físicos de su sumiso, pero conocerlo como persona... Llevo casi 30 años conviviendo conmigo y aún no me conozco en profundidad, menos me va a conocer nadie en dos meses). Pero si estoy dispuesto a tardar en el periodo de conocimiento todo el tiempo que sea necesario, si estoy dispuesto a que pasen los meses, y quizá algún que otro año, antes de entregarme por completo a una persona, ¿de verdad es necesario que me presente con la lista del no?

No pongo límites, es decir, no hago una presentación de mis límites, porque quiero que la persona con la que quiero estar sepa que estoy dispuesto a entregar todo lo entregable (y está claro que lo que es entregable lo decidimos entre los dos, y muy especialmente yo), no tengo una lista de límites, entre otras cosas porque hay muchos límites que nunca me planteé. Hay muchas prácticas que no conozco, y que por lo tanto no puedo limitar, hay muchas formas de relación D/s que nunca me imaginé, por lo que nunca pude limitarlas... Habrá quien crea que si no conozco una práctica o no imagino una forma de relación, no puedo vivirlas. Efectivamente, es así, pero una vez que me las presentan, que las conozco, que las interiorizo... En ese momento, puedo decidir si acepto esa práctica o esa forma de relación. Y en el caso de que no lo acepte, puedo decidir si se trata de algo que jamás, bajo ninguna circunstancia, voy a admitir, o si es algo que no admito ahora, pero que quizá admita en el futuro (o quizá no). Es más, puedo darme cuenta de que hablamos de algo que ahora no puedo hacer, que no estoy preparado, pero puedo decidir esforzarme para ser capaz de hacerlo en el futuro. O puede que esa capacidad de hacerlo venga poco a poco, sin darme ni cuenta.

No me gustan los límites (y eso es algo que digo para mí, cada uno tendrá que establecer su forma de vivir el BDSM) porque no busco una relación D/s rápida. Es más, no quiero que llegue nadie a regalarme una relación D/s venida del cielo. Quiero construir con una persona una relación D/s, y como quiero contruírla, no hay más límite que el que nos queramos poner. La relación no tiene ningún límite porque es algo por construir, no una plantilla fija. ¿Puedo limitar mis propias fantasías, mis propios sueños? ¿Puedo limitar las fantasías y los sueños de aquella que sea mi Dueña? ¿Puedo limitar algo que aún no existe y que quiero construir? Es como ponerle puertas al mar. No pongo límites, pero evidentemente, como todo el mundo, soy limitado, y la relación D/s que construya tendrá que ajustarse a las circunstancias que vivamos mi Dueña y yo (como pareja D/s, y las circunstancias personales de cada uno), y tendrá que levantarse sobre los pilares que los dos decidamos, y como esos pilares aún están por levantar, no  puedo acotarlos.


Además, yo sé de qué soy capaz ahora, no sé de qué seré capaz en el futuro. Quizá las circunstancias me limiten más, y haya cosas que hoy estoy dispuesto a hacer y mañana no. O quizá las circunstancias sean más favorables y pueda hacer cosas que hoy no puedo. Sobre todo, a lo largo del tiempo iré creciendo como sumiso y como persona, por lo que lo que hoy es un límite mañana puede ser un punto de partida, y lo que hoy es un mundo, mañana será pan comido.

Está claro que una relación en la que no haga falta establecer rotundamente los límites tiene que ser una relación a paso lento, una relación en la que antes de sacar la fusta a relucir habrá que tomarse muchos, muchos cafés, en la que el conocimiento mutuo sea enorme y la confianza no tenga ningún tipo de fisura, pero... ¿la entrega no consiste precisamente en eso? Está claro que antes de ofrecer una sumisión sin límites (repito, siempre hay límites, en cuanto que todos tenemos limitaciones) tienes que decidir muy bien a quién le ofreces esa sumisión, y del mismo modo que tienes que ganarte la confianza del Amo, el Amo tiene que ganarse completamente tu confianza y respeto, y eso no se hace en dos días. Poco a poco, en las pequeñas conversaciones, en los pequeños gestos, en los comentarios, en lo que hacemos a diario tanto como sumisos como personas (aquello que hacemos en nuestras vidas vainilla también dejan entrever qué limitaciones tenemos) incluso en los post que uno va colgando, van apareciendo los límites, nas necesidades y las capacidades del sumiso, también las del Dominante, y con un poco de ojo, mucho cariño, muchísima paciencia... y no pocos malos ratos, irán conociendose las limitaciones de cada uno, y de ahí quizá (sólo quizá, nada es seguro) pueda surgir una relación D/s. Sí, presentar una lista con lo que quiero y lo que limito puede que sea más rápido, pero uno de los encantos de que te hagan un regalo es ir abriéndolo poco a poco, quitándole el papel y descubrir poco a poco lo que hay. Sí, podrían regalarme una camisa y decirme "toma, es una camisa", pero ¿y ese disfrute de no saber qué te van a regalar? ¿Ese juego de dar pistas y descubrir, finalmente, que es la mejor camisa que podrías tener?


martes, 23 de abril de 2013

Decisiones y confianzas.


Hace unos tres años que me acerqué al BDSM de forma activa, es decir, hace tres años que decidí (quizá una de las decisiones más acertadas que tomé en la vida) participar en eventos BDSM, cafés, fiestas, colectivos, charlas, momentos de risas, momentos de menos risas, momentos sin puta gracia y momentos más que graciosos, siempre de la mano de gente que merece la pena, compartiendo espacios con gente que permaneció en mi vida y en proyectos en común, con gente que se fueron descolgando, de gente que nunca quiso estar, de gente que puso zancadillas, que quiso aprovecharse, que me apoyó desde el principio y en la que voy a poder confiar hasta el final, con gente que está, con gente que estuvo, con gente que estará, con gente que fallará, que persistirá, que abandonrá, que se mantendrá firme sobre la roca firme, con gente a la que le debo todo, para lo bueno o lo menos bueno.

Desde el primer momento en el que me acerqué al BDSM de forma activa, el momento en el que tomar un café ganaba espacio a mirar pornografía, en el que hablar ganaba espacio a sesionar, en el que una mirada muda se impuso más que mil fustas, sentí la frustración de estar viviendo una doble vida. La frustración de esconderse, de mentir a amigos y familiares cuando salgo a una fiesta, a un café, a cualquier evento. De inventarme bodas, despedidas, entierros, actos políticos inexistentes... De que me presupusiesen novias, enfados, ante idas y venidas que no parecían tener explicación, ante teléfonos colgados, ante excusas forzadas, inventadas en tres segundos, repetidas en mil ocasiones, prefabricadas, innovadas...



Realmente me resultó siempre frustrante vivir dos vidas, la vainilla y la bedesemera, porque en realidad soy una sola persona, con muchas facetas, claro que sí, pero una sola persona, y del mismo modo que otras facetas de mi vida no entran en confrontación, nunca le encontré sentido a que esta faceta sí entrase en confrontación con las demás.

Pero no puedo ser ingenuo, no puedo ser un suicida estúpido. Sé perfectamente que no puedo ir pregonando por ahí que soy sumiso, sé que, entre otras cosas (y no sólo por autodefensa, sino por convicción) el BDSM, como parte de mi afectivo-sexualidad, forma parte de mi intimidad, y no tengo por qué airear lo que hago ni con quien. Aunque también soy libre de compartir ciertas cosas de mi afectivo-sexualidad (todos sabemos de nuestro entorno quién tiene pareja, quién está casado... y son aspectos de la afectivo-sexualidad de las personas). Pero evidentemente hay cosas que no son comparables, y no podemos comparar el hecho de tener pareja, que es algo que no sólo es socialmente aceptable, sino que además es socialmente recomendado, que tener sentimientos de sumisión, que no siempre es comprendido ni aceptado por la gente que nos rodea, y que es fácilmente utilizable para hacernos daño.

Tengo la suerte, la tremenda suerte, de contar con mucha gente en mi vida que me quiere. Sé que nadie tiene muchos amigos verdaderos, sólo unos pocos. Con todo, no creo (porque la experiencia me demostró que no es así) que no existan los amigos verdaderos ni que no se pueda confiar en nadie. No, no se puede confiar en la primera persona que pasa, eso es cierto. Yo, aunque parezca todo lo contrario, no soy una persona excesivamente confiada. Realmente no confío de buenas a primeras de nadie, aunque tampoco desconfío de buenas a primeras de nadie. Sencillamente siento cierta indiferencia hacia la gente a la que no conozco bien. Eso me ayuda a no llevarme grandes decepciones (aunque alguna me llevo, por supuesto) y a no cerrarme a mucha gente que, con el tiempo, acabó formando parte muy importante de mi vida.

La confianza es algo difícil de ganar, pero para que alguien confíe en ti, quizá tú también tengas que confiar (aunque sólo sea un poco) en esa persona. Yo no puedo pedirle a nadie que confíe en mí, si yo no confío en esa persona, del mismo modo que no puedo confiar en alguien que no confía en mí. Es evidente que en muchas ocasiones la confianza se traiciona, como también es verdad que en muchas ocasiones la confianza se refuerza. La confianza no podemos dársela a todo el mundo, pero tampoco negársela a todo el mundo.



Desde hace algún tiempo vengo hablando con la gente a la que quiero (no la gente que me cae bien, no la gente que me despierta simpatías, sino a la gente a la que quiero y a la que siento profundamente dentro de mí, que son parte de mí de alguna forma) sobre mis sentimientos en el BDSM. Desde hace algún tiempo me dirigí a mi grupo de amigos más cercanos (mis mejores amigos y mi amigo-hermano, un hermano que lo es porque así lo sentimos los dos, aunque naciésemos y nos criásemos en el seno de dos familias distintas) para explicarles cómo siento, lo que soy. Porque tengo muy clara una cosa, el BDSM, la sumisión, no es lo que hago, es lo que soy. Ayer mismo hablé con mi hermana, con la que, es verdad, tengo y tuve algunas diferencias (algunas muy serias), pero que es una persona que cree en lo que yo diga a ojos ciegos, y que me quiere como yo la quiero a ella, y le conté que me interesa el BDSM (si bien es verdad que no entré en grandes detalles). Creo que de alguna forma también correspondí con su confianza, pues cuando ella salió de su particular armario (que, por razones obvias, no voy a explicar, cada uno hablará de su vida, yo hablo de la mía) fue en mí en la primera persona (al menos dentro de la familia) en la que confió. Y como dije, no se puede pedir confianza a alguien a quien no le otorgas el mismo grado de confianza.

Sé que algunos de mis mejores amigos dentro del BDSM (que son amigos dentro del BDSM, pero también fuera, pues cuando quieres a alguien lo quieres, en todos los ámbitos, en todos los momentos y en todas las circunstancias, incluso cuando confrontáis) no ven con buenos ojos que salga del armario con tanta alegría, o con lo que ellos consideran con alegría. Soy consciente de que si no lo ven con buenos ojos es únicamente porque me quieren, porque tienen miedo de que mi excesivo exhibicionismo me cueste caro y me acabe arrepintiendo. Lo que creo que no entienden es que si me exhibo (lo pongo en cursiva para subrayar lo importante y lo polivalente de la palabra, pero es una palabra mía, no de ellos) lo hago porque creo que es importante. Es importante para normalizar el BDSM. Y lo hago porque es la única forma de ser coherente conmigo mismo. Entiendo que no compartan mi modus operandi, entiendo que teman por mí. Lo entiendo y se lo agradezco profundamente. Pero si hago lo que hago es porque creo que es el único modo de serme fiel a mí mismo. Si hiciese otra cosa sería como si yo mismo llevase dentro de mí un Pedro y un Jesús. Un Pedro que niega no tres, sino infinitas veces a Jesús y un Jesús que sufre la peor traición, la traición de quien no le traiciona, pero le niega. Y malamente puedo serle leal a nadie, si no me lo soy a mí mismo.

No quiero ni puedo, ni estoy en condiciones de salir por la calle diciendo que soy sumiso, eso sería suicida, estúpido. Habría muchas personas esperando a caer sobre mí con algo tan escandaloso y destrozarme. Pero tampoco puedo no reconocer la confianza que tantas personas me demostraron en las más variopintas situaciones, no puedo traicionarme a mí mismo, ni puedo seguir escondiéndome siempre que salgo de casa, siempre que me conecto, siempre que siento, para que ni mis seres más queridos sepan quien soy yo en realidad. Es para mí muy duro que personas a las que estoy ligado sentimentalmente con lazos muy profundos no me conozcan. Es muy triste y muy duro que no conozcan algo que para mí es de una importancia vital. Evidentemente no voy por ahí diciendo "Hola, me llamo Fulano y soy sumiso", eso pertenece a mi intimidad, a mi vida privada, pero, por ello, eso me define. Y nadie que no sepa quien soy puede decir que me conoce.

Sé que las personas que me quieren quieren protegerme de cualquier mal. También yo quisiera protegerlas a ellas de cualquier mal, pero hay que tener un cosa clara, a veces será posible, otras no. Y el sufrimiento forma parte de la vida, aunque intentemos siempre, obviamente, evitarlo. 

La confianza es el punto clave para evitar cualquier mal. Saber en quién confiar y en quién no. Confiar en quien no debes confiar sólo te va a traer dolor, no confiar en quien tienes que confiar no te va a evitar ese dolor. Pero la persona en quien más debemos confiar es en nosotros mismos. Si yo mismo soy capaz de confiar en mí y de enfrentarme a cualquier circunstancia hostil... ¿qué puede pararme?




No puedo ni quiero dejar de pasar la oportunidad para saludar a las personas que sé que van a leer este post y en las que sé que puedo confiar plenamente. Gracias por estar ahí, y gracias por preocuparos. Gracias, también, por hacer que me enfade, porque eso quiere decir que os importo, igual que vosotros me importáis a mí.