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miércoles, 19 de febrero de 2014

Caminos y prioridades.



En no pocas ocasiones vemos que nuestros caminos avanzan en direcciones que nunca antes hubiésemos imaginado. Sin ir más lejos, yo mismo, hace cinco años no habría imaginado jamás que estaría participando de la comunidad BDSM asturiana. Jamás habría imaginado que iba a salir del armario con prácticamente todos mis amigos cercanos, con muchísimos amigos no tan cercanos, con parte importante de mi familia... Jamás hubiese imaginado que iba a lanzarme a intentar vivir esta sexualidad (con mayor o menor éxito) más allá del chat o de las profesionales. Que conocería gente, que intentaría establecer relaciones reales, que establecería relaciones reales con muchas personas que forman parte del mundo BDSM, que llegaría a hablar abiertamente de todo lo que hoy hablo abiertamente... Incluso puedo decir que jamás imaginaría que podría bromear con mis amigos (vainilla) sobre BDSM abiertamente en cualquier contexto sin que eso me hiciese sentir incómodo.

Con todo, hay que decir que a veces estos caminos nos hacen seguir pasos que nos ilusionan, que nos agradan y que nos hacen muy dichosos, pero que en otras ocasiones esos pasos siguen, sin poder evitarlo por caminos que no nos gustan, que nos duelen o que nos desagradan, ya que los caminos que se nos presentan debajo de los pies no siempre dependen de nosotros, de nosotros sólo depende la firmeza de los pasos, y no se puede culpar a nadie por no tener el paso firme, cada uno trabaja con las circunstancias y las herramientas con las que puede en cada momento.

No pocas veces hacemos una serie de planes y cuando éstos no salen (por hache o por be) del modo que contábamos sentimos una frustración muy grande, lo que viene siendo algo natural y, hasta cierto punto, sano, pues es inherente sentir dolor por lo que no sale si de verdad tenías el deseo de que saliese. No obstante, si el dolor te paraliza, en ese momento, el dolor es inútil y sólo puede ser fuente de más dolor. Y no hay lealtad humana, ideológica ni poética que valga la pena la estupidez de hundirse en una espiral de abismo, por muy heróico o romántico que pueda sonar en los clichés que podamos tener alojados en la cabeza.

Avanzar, restablecer las prioridades y los caminos que uno quiere seguir, allí cuando el camino que escogió no parece tener sentido, es un acto de honestidad con uno mismo y con el mundo que nos rodea y, sobre todo, es un acto de madurez y de sentido común, de supervivencia y salud mental. Y esto es válido para todas las facetas de nuestras vidas. Para las facetas íntimas, personales, sociales, colectivas...

Por lo que a mí me corresponde, el ejercicio de rehacer mis prioridades fue difícil, duro... En parte por estar convencido que reestructurar mis prioridades y mi sistema de valores suponía alta traición a los valores que siempre sostuve (y que, en esencia, sigo sosteniendo) y a las prioridades que tenía establecidas, así como a las personas, organizaciones y colectividades (en un sentido muy amplio) que formaban parte de estas prioridades. Pero en ocasiones hacer de algo el centro de tu vida no ayuda a nadie, ni a ti ni a esas personas o colectividades a las que pretendías apoyar. Así, si el BDSM formó una parte central en mi vida durante los últimos tres o cuatro años de mi vida, hoy no sólo no está en el centro de mi vida sino que me doy cuenta que el BDSM en Asturias no se vio particularmente beneficiado de que yo tuviese en el centro de mi vida el BDSM y la participación social en torno al BDSM en este pequeño país. Así, priorizar esta faceta de mi vida no sólo no fue positivo para mí, sino que no fue positivo para nadie (y es que normalmente el beneficio personal que uno pueda sacar no supone mayor satisfacción al lado de un fin social común, por encima del propio beneficio y bienestar, o así pensamos aquellos que mamamos de determinadas tradiciones).

¿Quiere decir esto que el BDSM no es ahora algo importante en mi vida? No, evidentemente no. Yo soy quien soy, quien fui siempre. Soy bedesemero, soy sumiso, y eso lo siento y lo llevo conmigo; otra cosa es que quiera hacer de eso mi particular leit motiv o no, lo que, en última instancia, no me hace ni más ni menos sumiso, ni más ni menos bedesemero, ni más ni menos... Ni más ni menos, porque aquí no hay mases y ménoses salvo para los que se emperran en competir por ser el más (y esos nos significan un menos tan mayúsculo que podemos obviarlos sin despeinarnos).

¿Quiere decir, entonces, que quiero seguir participando del BDSM pero no de su socialización, de su normalización o de las reivindicaciones o inquietudes que como colectivo humano podamos generar los bedesemeros? De ningún modo. Como dije antes, yo soy quien soy. Soy bedesemero, soy sumiso, y soy activista militante. Soy activista militante en esta cuestión como en muchas otras, porque soy sumiso en el BDSM, insumiso en todo lo demás (incluso insumiso en el BDSM). Y lo soy porque si no no sería yo.

¿Quiere decir eso que no pretendo desarrollar esta faceta de mi vida dentro de la comunidad bedesemera asturiana? No, Asturias es donde vivo, de donde procedo y la tierra de la que soy y a la que estoy ligado. Si mañana me fuese a Sebastopol entonces intentaría participar del BDSM crimeo, pero hayándome en Asturias, lo único comprensible (para alguien que tenga el concepto que yo tengo del BDSM, para alguien que tenga el concepto de la participación y la militancia que yo tengo y para alguien que tenga el concepto de Asturias y del territorio que yo tengo) es que participe del BDSM asturiano.

¿Entonces de qué estoy hablando cuando hablo de marcarme prioridades y de establecer caminos? Hablo de algo más básico, más sencillo y, en consecuencia, mucho más difícil de entender que cualquier concepto complicado (lo sencillo siempre es más difícil de entender, porque tenemos muy poca capacidad de permanecer en silencio).

Hablo de no perder los valores básicos en los que creo por mero pragmatismo. Hablo de entender que la participación puede ser activa o pasiva, y que la participación pasiva no es inmovilismo, por el contrario, la participación activa puede ser tremendamente inmovilista si no lleva consigo reflexión, reflexión que debe de ser permanente, contínua, autocrítica... Es importante tener muy claras ciertas cosas, pero igual de importante es no tenerlo claro todo. Pasa que quien duda de todo no avanza. Pasa que quien no duda de nada avanza sistemáticamente hacia el abismo. Pasa que la seguridad sólo es razonable si viene de la duda, de resolver la duda. Tenemos que generar dudas, muchas dudas. Tenemos que dudar de todo lo que damos por válido para poder resolver esa duda y, una vez resuelta, poder afirmar feacientemente en lo que creemos, conviertiendo en un juicio posado lo que si no sería un mero prejuicio.

Y ahí es donde tienen que cambiar mis prioridades y mis caminos. La prisa ya no puede ser una consejera, cuando la experiencia demostró que la prisa era una muy mala consejera. El conformismo no puede ser un aliado, cuando quedó demostrado que el conformismo era un malísimo aliado. El silencio y la palabra tienen que ser estrategias mejor elaboradas. Uno ha de convertirse, por muy sumiso que sea, en amo de sus silencios y no ser esclavo de sus palabras. Entender y analizar los hechos. Llegar a conclusiones. Y para eso hay que tener clara cuál es la finalidad.

¿Cuál es la finalidad? La finalidad personal es, al menos ahora, estar tranquilo. Descansar tranquilo. Que los remordimientos (los que uno tiene justamente y los que uno tiene y no debería tener) no le roben a uno el sueño más. Que uno pueda hablar con la serenidad de que no tiene nada que ocultar, nada que callar ni nada que decir. Estar en paz con uno mismo. La finalidad colectiva, por el contrario, es más grande y más sencilla. La finalidad colectiva (la que yo asumo como propia, otros pueden no asumirla, cada uno elige) es construir una comunidad BDSM al norte del Cordal, en esta tierra que por razones que no vienen al caso en este blog es mi referencia territorial (sin prejuicio de poder tener andaduras comunes con otras personas que tengan otras referencias, pero teniendo claro cuál es la mía). La finalidad es que nadie tenga que avegonzarse, ni en Asturias ni en ningún lugar del planeta, de sentir lo que siente, de ser lo que es. Que nadie tenga que esconderse. La estrategia es simple, pero difícil; contruir, para ello, una comunidad BDSM en el trozo de mundo que vivimos. La táctica es menos simple y, quizá en consecuencia, más fácil; generar una crítica que pueda ser mordaz y leal a un mismo tiempo. Una crítica dura, sin licencias ni treguas, pero constructiva y enriquecedora. El espacio circunstancial en el que se desarrolla esta táctica puede ser dentro o fuera. Dentro o fuera de las distintas materializaciones de la colectivización de la estrategia (y aquí, quien quiera entender que entienda, pero, ojo, que entienda bien, y no lo que quiera entender). El espacio circunstancial en el que se desarrolla esta estrategia es más complejo, es el espacio que genera la comunidad bedesemera asturiana. Una comunidad innecesariamente hostil (salvando las honrosas escepciones que siempre hay), una comunidad incomprensiblemente temerosa de todo y de todos, una comunidad que no aspira a ser comunidad, ni a generar movimiento... Pero sí a ser el movimiento (en una incomprensión total del mundo en el que vivimos, una incomprensión, para más inri, que deseamos mantener). Y contra ese espacio circunstancial... Ay, amigo, contra ese espacio circunstancial es difícil pegarse cabezazos... Ahora sí, lo difícil lo hacemos ahora mismo y para lo imposible a lo mejor tardamos un poco más.

Soy plenamente consciente de que lo que escribo parece un geroglifico. Parece que escribo ideas que nadie que no esté en mi cabeza puede entender... Es necesario, porque una de mis nuevas prioridades es entenderme y entender el mundo primero yo, los demás ya veremos... Y porque las palabras fáciles es fácil entenderlas, pero es fácil entenderlas mal. Cuando uno es claro en sus palabras sistemáticamente los demás entienden lo que quieren entender. En cambio, cuando uno habla de esta forma sólo entiende quien quiere entender (porque tampoco estoy diciendo ninguna genialidad que nadie pueda entender, la diría con gusto, pero mi mente es tan mediocre como la de los demás), y leyendo y releyendo creo que alguien entenderá claramente lo que quiero decir. Si no, siempre está la posibilidad de preguntar.

domingo, 29 de diciembre de 2013

¿Y ahora?

Cuando hace dos años empecé a escribir este blog, lo hice con la ilusión de poder aportar algo al mundo del BDSM en Asturias. La ilusión de poder trabajar desde aquí también para normalizar esta sexualidad (más allá de la definición que podemos darle a la normalización, y sin entrar en debates, por esta vez, sobre si esta normalización es necesaria o no). Esa ilusión siguió permaneciendo durante estos dos años, pero cediendo protagonismo a mis avances (o retrocesos, según cómo se mire y, quizá, según quién lo mire) como sumiso y de aquí se fue abriendo paso un blog menos militante (si me permitís la expresión) y más intimista, donde hablaba ya menos de mis opiniones respecto al BDSM y más respecto a mis sentimientos hacia el BDSM y hacia personas, circunstancias y situaciones concretas. Circunstancias muchas veces complejas (especialmente desde un punto de vista emocional) y situaciones que fueron, en muchos casos, muy muy gratas y en otros muchos casos no tan gratas. Estas últimas quizá sean más, pero en ningún momento hacen que no haya merecido la pena, pues sí que la mereció y la merece.

Un par de años (desde el verano del 2011) en los que fui conociendo gente sensacional. De esa gente hubo quien salió de mi vida y quien se mantuvo en ella. Hubo quien pasó ordenadamente y quien lo hizo desordenadamente. Incluso hubo quien intentó aprovecharse de mis momentos más bajos para usarme de punta de lanza contra otras personas (de esto ya hablé más de una vez). En cualquier caso, unos más y otros menos, pero todos ellos dejaron en mí alguna huella.

Momentos lo hubo para todos los gustos. Momentos en los que mi único pensamiento era mejorar, crecer, y ser el mejor sumiso que pudiese ser (qué cojones, en cierto modo soñaba con ser el mejor sumiso del mundo). Momentos en los que me apetecía tirarlo todo a la basura, abandonar de una vez por todas el BDSM y dedicarme a una vida exclusivamente vainilla que, sin duda, me iba a dar muchos menos comederos de cabeza y, quien sabe si más más satisfacciones. Pero supongo que uno no puede luchar contra sí mismo. Uno es lo que es, y siente como siente, y eso no se puede cambiar (ni quiero cambiar quién soy).



Cuando empecé este blog sabía exactamente lo que esperaba de él. Hoy no sé qué espero de este blog. No sé qué espero de este blog ni del BDSM. Y digo esto y sé que va a pasar lo que pasa siempre que escribo este tipo de post, que las personas que quieren usarme como punta de lanza contra otras personas me van a querer arropar y me van a ofrecer su hombro (es mil veces mejor que te llamen imbécil que que te traten como a un imbécil) y que las personas que podrían decir algo (a veces un sólo gesto puede mover mundos enteros) van a guardar un silencio sepulcral.

Nadie dijo que las cosas fuesen fáciles. Es verdad que en la vida la mayoría de los caminos se andan en soledad, y que esta soledad puede ayudarnos a conocernos mejor a nosotros mismos, y a conocer mejor a la gente que nos rodea. A menudo las cosas parecen no tener demasiado sentido, y quizá sea que no tienen por qué tener sentido. Quizá la locura sea buscarle la razón a todo, cuando quizá deberíamos asumir que las cosas pasan, con una razón o sin razón ninguna, pero pasan.

Lo que no puedo negar es que a lo largo de estos tres o cuatro años que llevo en este mundillo sí que aprendí muchas cosas. Aprendí lo importante que es la seguridad, la confianza en la otra persona, el saber qué te van a hacer, conocer las prácticas tanto como tienen que conocerlas los Dominantes... 

Pero también aprendí que el mantra que a menudo se repite en el mundillo, «el BDSM te hace mejor persona» no es, en absoluto, cierto. Yo nunca vi el BDSM desde un prisma espiritual (por no herir sensibilidades diciendo pseudo-religioso), sino como una sexualidad (o una afectivo-sexualidad, si queremos) alternativa. Y como tal, siempre me despertó cierta sospecha esa afirmación. Hoy puedo decir que las personas que vivimos el BDSM no somos peores que los demás, pero tampoco mejores. Nos persiguen las mismas miserias y nos adornan las mismas virtudes. Si bien es cierto que en los mundillos que a menudo se retroalimentan y no se abren demasiado, los vicios siempre acaban por echar más raíces que las virtudes; y es que la endogamia lo único que puede generar son estirpes hemofílicas y micro-sociedades viciadas, colectivos suspicaces.



Desde luego, no seré yo quien dé lecciones a nadie sobre comportamientos virtuosos. Hace tiempo que acepté que, como el resto de las personas, incluídas las que leéis esto, yo también soy un cúmulo de miserias, e intento aprender a vivir con ello, superando mis múltiples contradicciones del mejor modo que puedo. Pero que yo no esté para dar lecciones a nadie no quiere decir que acepte sin más las supuestas virtudes de las personas que vivimos en este mundillo. Evidentetemente hay muchísimos bedesemeros cargados de virtudes importantes, como la nobleza, la honestidad y la paciencia. Exactamente igual que personas vainilla. Y del mismo modo, muchos bedesemeros carecemos de esas virtudes. Ni que decir tiene que todo el mundo, bedesemeros y vainilla, dejamos esas virtudes (cuando las hay) de lado más de una vez. Defitivamente, si algo aprendí en este tiempo es a negar con rotundidad ese mantra de que el BDSM nos hace mejores personas.

Aprendí y aprendo. Aprendí que en un mundo efímero, con una vida efímera que dura unas pocas décadas, no podemos pretender que las personas que nos rodean y sus afectos sean para siempre. Nada es eterno, y los afectos vienen y van, a menudo antes de que uno se pueda siquiera dar cuenta. Y esto es así en cualquier aspecto de la vida, también en el BDSM. No sé cuál será mi camino en el BDSM (si es que tiene que haber un camino en el BDSM, porque en la vida uno puede andar estos caminos o puede andar otros), pero poco a poco se van vislumbrando los que no van a ser. Algunos de ellos nunca se postularon como posibles caminos, ni nunca los deseé (¿será posible que aún tenga que aclarar que no es mi camino hacer la guerra a nadie?, pues seguramente tenga que repetirlo más veces). Otros fueron caminos deseados, de la mano de manos deseadas, pero que por hache o por be no fueron una realidad, y con el tiempo dejaron de ser un deseo. Y otros... Otros no sé si van a ser o no.

En cualquier caso, se anuncian tiempos oscuros. Tiempos de andar a tientas. No pasa nada, no es imprescindible ver el camino para avanzar (especialmente cuando no sabes qué camino escoger o si el camino tiene algún destino). Lo único realmente importante es caminar, avanzar, hacer lo que te dicta la conciencia, aunque sea una putada. En cualquier caso será un camino en soledad (por lo menos en gran parte), porque lo que está claro es que uno sólo puede aceptar la compañía de quien le considera su compañero, y porque los caminos más largos casi siempre se hacen en soledad.

En otras ocasiones cuando presumía que se acercaba un camino de soledad, lo decía con tristeza, con una amargura que me comía por dentro. Hoy no. Hoy toca decirlo con resignación y, por qué no, con naturalidad, el camino es largo, incierto y solitario. ¿Por qué? Para eso no tengo respuesta, pero es un hecho que día sí, día también, vengo constatando.
 
No sé lo que vendrá, pero sea lo que sea, será.


domingo, 3 de noviembre de 2013

Entrega.



Después de haberme admitido en su cohorte de pretendientes, Miriam había empezado a rechazarme como candidato no válido.
─Eso da igual ─decía el señor Ibrahim─. El amor que sientes por ella, eso no te lo quita nadie. Te pertenece. Incluso aunque ella lo rechace, no puede cambiarlo. Lo único es que no se aprovecha de él. Lo que tú des, Momó, es tuyo para siempre. ¡Lo que te guardes, está perdido para siempre!


El señor Ibrahim y las flores del Corán.
Eric-Emmanuel Schmitt.


A menudo uno, cuando piensa en entregarse a una Ama, piensa en qué puede aportarle ella. O lo que es lo mismo, hasta qué punto va a merecer la pena ese esfuerzo. Esforzarse por ser válido para una Ama para que al final la relación no sea satisfactoria o para que ella no le dé a él lo que él esperaba, parece un mal negocio, una apuesta fallida. A menudo uno, cuando piensa en entregarse a una Ama, piensa en todos los esfuerzos como en un sacrificio que debe hacer para conseguir su premio. Hacer cosas que a uno pueden no gustarle para, al fin, conseguir lo que sí le gusta; el palo y la zanahoria.

Y a veces uno piensa si no será un error de base. Quizá la entrega no deba darse pensando en la correspondencia, sino en la propia entrega, porque al final, ¿en qué consiste ser sumiso? Evidentemente nadie entrega nada 100% gratis, todos esperamos una correspondencia, pero también es cierto que podemos esperar una correspondencia más o menos elevada. Yo puedo hacer algo por alguien esperando que, por ejemplo, me deje lamerle los pies (mmm, sí, lamer pies, me gusta...), pero puedo esperar algo más sencillo como una sonrisa (y sí, una sonrisa, cuando es abierta y honesta, también me gusta, incluso más que lamer pies). Y es que a menudo en nuestras relaciones humanas (BDSM o de cualquier otro tipo) nos acercamos a la otra persona con la idea mercantilista de «¿qué puedo sacar de esta persona?», en lugar de pensar en qué podemos aportar a esa persona, que no deja de ser, también, una forma de aportarnos a nosotros mismos, porque lo que compartimos es nuestro, lo que no compartimos lo perdemos.

A veces somos tan cabezones y tan egoístas que no nos damos cuenta de que la sumisión quizá sea eso, no un comercio de sentimientos, «te doy si me das», si no una entrega sincera «te doy porque quiero», «te doy porque te mereces que te den» (porque evidentemente no tiene sentido darle al primero que pase), y por qué no, «te doy porque al estar ahí, ya me estás dando».

Quizá se puedan cambiar las perspectivas de tantas cosas... Y empezar a hacerlo desde uno mismo para uno mismo, fundamentalmente. Porque sólo dándose a uno mismo la oportunidad que antes nunca se dio (la oportunidad de crecer, la oportunidad de dar por el placer de dar, la oportunidad de no marcarse metas, de ser lo que se quiere ser y como se quiere ser, de aprender por el placer de aprender y no como una obligación o una necesidad pesada y dolorosa, sino como algo que se disfruta...) puede uno empezar a disfrutar realmente de sí mismo y de lo que le gusta.

Quizá ahí esté el verdadero secreto de la sumisión y, por qué no decirlo, de la felicidad. Porque la felicidad no es hacer lo que se quiere, sino querer lo que se hace.



 
 Imagen: Dar

miércoles, 16 de octubre de 2013

Aprender de los errores.

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y según esta afirmación, algunos somos más animales que otros. Porque no falla, uno se promete a sí mismo no tropezar más con esa piedra y acaba tropezando. Y a base de tropezar acaba dejándose mucho en el suelo en el que cae. La dignidad, lo primero, porque hay errores que son errores, de esos que todos podemos cometer, y otros que sacan a la luz todas tus miserias, que no son pocas. Te dejas la esperanza, no pocas veces, de aprender a no cometer esos errores. Las ilusiones, los sueños, esos sueños que poco a poco mueren, ésos que ves cada vez más lejano, ésos que son el recuerdo de tiempos en lo que tenías razones para soñar. Te dejas personas, personas muy importantes en tu vida a las que apartas sin saber por qué.

Y te levantas una y otra vez dispuesto a aprender de los errores. Y no aprendes. Y quedan promesas en el aire que ya no le importan a nadie, ni siquiera a ti mismo. Y queda un gran rencor, y sueños rotos. Y te caes, una, otra, y otra vez. Y vuelves a hacer un esfuerzo por levantarte, preguntándote si de verdad merece la pena levantarse. Y ves todas las razones que hay para levantarse, y las que hay para no hacerlo. Y realmente las razones para levantarte te parecen cada vez más lejanas, las razones para quedarte en el suelo parecen realmente más amables. Y te levantas.