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martes, 16 de octubre de 2012

Esconder la cabeza.

Cuando me empecé a interesar por el BDSM me llamaban poderosamente la atención los juegos de D/s. Desde lamer los pies de una Dómina despótica, a ser paseado como un perro, humillado, ridiculizado... No puedo ni hacer una aproximación de cuántas veces fantaseé con todo esto. Como suele pasar con la etapa pajillera, no le prestaba especial atención a todo lo que no fuese una puesta en escena morbosa y ardiente. Cuando empecé a adentrarme en e BDSM más allá de a paja delante del ordenador, empecé a caer en la cuenta de lo importante que es el respeto, el cariño y la ternura que hay detrás de esa puesta en escena. Empecé a valorar también lo importante que es sentirse ligado a una persona, entregarse, hacer aquello que hace que la otra persona se sienta agusto y, especialmente, orgullosa de ti. Pero subestimé lo importante que es en una relación D/s crecer uno mismo. No sólo por contentar a la otra persona, no sólo por ser ese sumiso ideal en el que todos soñamos con convertirnos, sino por lo importante que es crecer en sí mismo, lo importante que es mejorar para no dañarnos, para disfrutar del camino, y para hacer aquello que queremos hacer, y a ser posible, con la persona con la que lo queremos hacer.

En definitiva, desprecié el valor que tiene aprender, no ya como un medio para alcanzar algo (o  a alguien), sino por el valos de aprender y el valor de crecer.

Recientemente la persona que me guía me dio una valiosa lección en ese sentido, aunque fuese a costa de que ella tuviese que tragar con una situación desagradable. Conocer los límites físicos y mentales de uno es importante, pero es algo a lo que no se llega sin conocerse a uno mismo. Y uno siempre cree que se conoce mejor de lo que se conoce. Hace poco descubrí que debo afondar en el conocimiento, no ya de mis límites, sino de mis anhelos. Evidentemente sé, a grandes rasgos, qué es lo que quiero. Pero no sé qué es lo que implica, al menos no lo sé en profundidad. Sé lo que quiero hacer, pero no qué quiero ser.

Esta misma tarde leía en un artículo que para llegar a alcanzar la sumisión mental es necesarioa una buena dosis de introspección y de meditación en uno mismo. Esto es, saber mirar dentro de ti mismo lo que eres y lo que buscas. Esto, a priori, parece fácil, pero nada más lejos de la realidad. Porque cuando miras dentro ves cosas que te desagradan. Ves esos miedos que niegas, ves esos complejos que creías superados y aquellos pequeños traumas que prefieres obviar. Y está claro que así no se puede avanzar en una relación D/s, en ninguna relación, de hecho. Porque no puedes ser leal a nadie si no eres leal contigo mismo. Y negar aquello que te duele, obviarlo, es un acto de deslealtad contra uno mismo. Y si uno mismo no se valora, no se aprecia, ¿cómo puede esperar convertirse en un bien apreciado de su Dueña?

Así como en la sumisión sexual entregamos nuestro sexo, aceptamos la castidad, aceptamos los azotes, la humillación... en la sumisión mental hemos de entregar nuestra mente, y con ello, entregar nuestros sueños, nuestros miedos, nuestras miserias y nuestras viertudes al conocimiento de nuestro posesor. Ello sólo es posible con una alta dosis de confianza. Y es que es fácil confiar físicamente en alguien. Es fácil saber que la persona que tienes a tu lado no quiere dañarte, y, en consecuencia, no va a hacer nada que te dañe, pero confiar espiritualmente es más difícil. Es decir, no es tan fácil confiar aquellos miedos que pensabas que nadie podría entender a una persona y saber que no va a haber un juicio. No es fácil sacar a la luz aquellas cosas que a ti mismo te desagradan, y ponerlas delante de los ojos de la persona a la que precisamente quieres agradar, para que lo contemple y te acepte igual, a pesar de que no seas el sumiso que sueñas ser, porque el sumiso perfecto, el sumiso azul, no existe, porque sólo somos personas, con defectos, pero con virtudes. Y eso es lo que nos lleva a ser deshonestos, a mentir, o a decir medias verdades, a crearnos realidades paralelas, en principio más agradables que las realidades que vivimos. Eso es lo que nos lleva a maquillar la verdad, porque no nos gusta que nos miren sin maquillar, porque nos creemos feos sin maquillar. Porque no es fácil decirle a alguien lo que tú mismo no quieres ver, que eres simple y llanamente eso, un hombre sin más. Y cuando seamos capaces de verlo, seremos capaces de superar esas barreras que nosotros mismos ponemos delante de nuestro camino, creyendo que ponemos pedestales en los que subirnos.



jueves, 4 de octubre de 2012

Construir sentimientos.

Hace muy poco estaba discutiendo con una persona en la cuenta vainilla del Facebook sobre la necesidad de cambiar nuestros parámetros mentales a la hora de efectuar cambios sociales con calado de fondo. El tema versaba sobre política, y, en definitiva, yo sostenía que para crear una sociedad nueva (no tiene mayor aquél, tampoco, entrar en detalles) es necesario cambiar los parámetros mentales a todos los niveles, incluídos los afectivo-sexuales. ¿Qué quiere decir esto? Esto quiere decir que no veo nada viable una sociedad más justa, más libre, mejor, si no pasamos por la criba de entender las distintas opciones afectivo-sexuales.

Sí, bien, guay, esto del respeto y el entendimiento a las realidades afectivo-sexuales está muy bien, pero entre respetar las distintas realidades afectivo-sexuales y entenderlas hay un punto. Por ejemplo, yo siempre respeté la transexualidad, pero durante mucho tiempo no entendía por qué una persona era transexual. Es decir, no entendía que una persona necesitase tener unos genitales o un rol distinto, ¿por qué? Porque no entendía que yo mismo tengo una identidad de género, únicamente que mi identidad de género se correspondía con mi sexo genital, y por tanto no me generaba conflicto y la hipernaturalizaba, no siendo consciente de que tenía identidad de género.

Del mismo modo que es un error hipernaturalizar las identidades de género, o las identidades sexuales, es un error hipernaturalizar los sentimientos. Las relaciones sociales son constructos de las propias sociedades, y los sentimientos son, en cierto modo, una construcción. Así, la idea del amor romántico aparece envuelto en las ideas del romanticismo, del mismo modo que aparecen las ideas de la nación o el amor a ésta, del mismo modo que aparecen determinadas ideas de libertad individual que antes no aparecía... El amor del te quiero para toda la vida con todo el alma es una construcción que, en cualquier caso, no existió siempre. Del mismo modo que el amor caballeresco (ese Don Quijote que idealiza a Dulcinea y la sirve en gestas) es un amor que por un lado es resultado de una época y, además, de un grupo social determinado (la aristocracia, los campesinos no mostraban esas formas de amor, mostraban otras). 

Una cosa son los sentimientos, que son, digamos, inerentes a las personas de todas las épocas, lugares y culturas. Otra cosa es cómo interpretamos esos sentimientos, y esto es ya algo cultural, y por lo tanto, analizable desde distintas ópticas, algo que se puede mirar desde distintos prismas y vivir de distintas maneras. Nuestra sociedad occidental, como cualquier otra sociedad, construyó sus formas de relación y de canalizar los sentimientos y las pulsiones. Así la natural pulsión afectivo-sexual la canaliza a través de la pareja monógama y, a través de esta, de la institución del matrimonio, que se ajusta a las necesidades sociales y económicas de una cultura determinada. A través de esta realidad social constuímos una idea de amor de pareja, amor de padres, amor de amigos... establecidas sobre unos parámetros en principio inmutables.

En nuestras relaciones BDSM es muy importante entender la deconstrucción de los sentimientos que llevamos a cabo, pues una relación D/s no es una relación de paraja, pero tampoco es una relación de amistad. En ese sentido, ¿el sentimiento de sumisión o de dominación son sentimientos inerentes a la persona o construcciones? Bien sé que muchas personas defienden que su condición de sumisos o de Dominantes es natural (y diferenciar entre lo natural y lo cultural en una especie que, como la humana, es por naturaleza cultural, me parece un sinsentido), y no voy a negar este tipo de afirmaciones. Pero en última instancia, lo que uno tiene de manera natural no es tanto un sentimiento de sumisión como una serie de pulsiones sexuales (que le humillen, que le azoten...), que, aunque puede parecer lo mismo, no lo es. Cogemos esas pulsiones difíciles de explicar, animales, y las dotamos de un discurso vital, a través de nuestra propia razón y de una serie de discursos sociales que imperan. Si insistimos tanto en que las relaciones BDSM son libres no es por otra razón que porque somos hijos de la sociedad occidental y de las revoluciones burguesas, empezando por la Revolución Francesa, que establecen como principio máximo la libertad del individuo, la sociedad y el momento histórico que nos tocó vivir exige de nosotros respeto hacia la libertad individual, hacia la igualdad de género... No es así porque yo (oh, ser autosuficiente y auntocomplaciente, completamente al margen de la realidad que me rodea) crea en la igualdad porque soy muy majo, es que es un producto de la sociedad que me vino dada, y que resultó de una serie de evoluciones, choques y creaciones intelectuales anteriores a mi nacimiento. Cogemos, como decía, esas pulsiones animales y las dotamos de un discurso (del que tampoco yo soy el creador original, sino que bebo de otros) que es lo que, finalmente, llamamos dominación/sumisión. De hecho, aún está por estudiar si existen relaciones D/s en sociedades no occidentales (o no occidentalizadas). Quiero decir, sabemos que en todos los periodos de la Historia hay relaciones homosexuales (aceptadas o en la clandestinidad), pero ¿existen relaciones D/s (que no de maltrato, ni de dominación en el sentido vainilla de la palabra) en otras sociedades? ¿Existe algún masái, aimara, inuit o lapón bedesemero, o por el contrario el BDSM es un producto cultural de sociedades occidentales/occidentalizadas? (entiéndase que sociedades como la japonesa, son en realidad sociedades occidentalizadas, al menos en gran medida). Evidentemente es muy difícil de analizar, porque la sumisión que en muchas sociedades muestran las mujeres (de forma voluntaria, sin entrar a analizar qué es la voluntad) hacia los hombres no se puede considerar sumisión (en sentido BDSM), y ha de encuadrarse en una sociedad patriarcal. Esto es, que que un hombre en determinada situación, domine todos los aspectos de una mujer, puede ser dominación masculina (en el sentido BDSM) o mero machismo social. Es por ello que es tan difícil de analizar qué conductas son susceptibles de considerarse BDSM en sociedades que no son la occidental, o incluso en la sociedad occidental, pero fuera del entorno BDSM.

Esto es algo que pasa con todos los sentimientos. Cogemos la pulsión natural de abrazar, de besar, de sentir el cuerpo de una persona, la dotamos de un discurso ideológico y lo llamamos amor. Cogemos la pulsión natural de tener un apoyo, de no andar solos... la dotamos de un discurso y lo llamamos amistad. Cogemos la pulsión natural de perpetuarnos, de establecer una seguridad y la dotamos de discurso y la llamamos familia. Así, suma y sigue, este razonamiento vale para casi todo tipo de relaciones. Encasillar los sentimientos (las pulsiones) en un tipo de relación, sin duda es muy útil a la hora de establecer las reglas del juego que hacen posible el éxito de esa relación (somos novios y por lo tanto hacemos esto, y no esto otro, somos familia y por lo tanto hacemos esto y no esto otro, somos amigos y por lo tanto hacemos esto y no esto otro...), pero pretender hipernaturalizar este tipo de relaciones y no concevir nada más al margen, es algo que nos estrecha las mentes, y por lo tanto nos impide avanzar como sociedad hacia un mundo más libre. Porque la construcción de una sociedad alternativa pasa por la creación de un modelo alternativo de persona. Un modelo de persona integral.

Y esto es algo que, ya de manera intuitiva, ya desde un discurso elaborado, tenemos más o menos claro en la comunidad BDSM, pero como la comunidad BDSM no aspira a ser un gueto (aunque a veces lo disimula muy bien), es algo que debemos exportar al resto de la sociedad. Porque del mismo modo que la comunidad LGTBQ no se conforma conforma con exparder sus discursos en torno a la sexualidad (a la afectivo-sexualidad, por ser más claros) dentro de la propia comunidad, porque es consciente de que vive en un marco social superior a la comunidad, la comunidad BDSM creo que debe hacer lo propio. No se trata ya de que sea bueno o no para la comunidad BDSM, sino de que es bueno para el conjunto de la sociedad (del que también formamos parte). Es bueno porque enriquece los planteamientos de las personas, y porque aquellos que creemos que es necesario un cambio profundo en las sociedades, tenemos que entender que ese cambio ha de darse en las personas primero. Porque ¿si no somos capaces de ampliar nuestro espectro en cuanto a lo que se refiere al entendimiento entre personas, cómo vamos a ampliarlo en lo que se refiere al entendimiento entre sociedades?

viernes, 28 de septiembre de 2012

Escenografías.

Hace poco me puse a leer Cuadernos BDSM antiguos, que no conocía. Estuve leyendo precisamente el nº 1 (febrero 2007), un artículo firmado por Leo ("La sencillez de complicar las cosas"), en el que explica que el BDSM puede ser algo complejo y muy escenificado (supongo que se refiere en concreto a las sesiones), o algo más sencillo, de andar por casa. Estoy completamente de acuerdo con ella en que no se puede limitar la forma de cada uno de vivir el BDSM, por lo que tanto las formas más escificadas como las de andar por casa son igual de válidas. Si me preguntan a mí, personalmente me parecen más atractivas las de andar por casa, porque aunque un corsé, unas botas altas... me exciten profundamente, la cotidianidad del andar por casa me resulta especialmente real. Es decir, tengo la sensación de vivir algo más real si andamos por casa que si se hace una escena.

En cualquier caso, con excusa de este artículo, que me pareció realmente interesante, quería darle una vuelta de tuerca menos física a la dicotomía Escena Vs. Andar por casa. Me refiero con ello a las distintas maneras de evidenciar la sumisión (o la dominación, según desde qué lado se vea) en una relación D/s. En ese sentido es evidente que en el juego siempre hay escenificación, y ponerse a cuatro patas, por ejemplo, no es algo que uno haga desde la cotidianidad, sino desde la escenificación. Fuera del juego... Fuera del juego no se deja de evidenciar, en una relación, la dominación y la sumisión.

Recientemente, hablando con la persona que me guía en el BDSM, me decía que ella no necesita que un sumiso lleve un collar suyo, que el collar se lleva en el interior y que el sumiso ya sabe de quién es propiedad. Aunque personalmente la idea de llevar un collar con el nombre de mi Dueña (el día que decida tomar posesión de mí) es algo que me atrae profundamente (en nuestras vidas necesitamos a menudo escenificar, como escenifican los aficionados al fútbol que son de tal equipo llevando los colores, como escenifican los casados que lo son llevando anillos...), entiendo que llevar el collar en el interior es algo mucho más impotante que llevarlo en el cuello. En ese sentido, no pocas veces, los sumisos (y no pocos Amos) pretendemos escenificar algo cuando aún no se da. En ese sentido se está escenificando más un deseo que una realidad.

Está claro que una relación, del tipo que sea, ha de escenificarse. Quiero decir, está muy bien que yo me sienta sumiso de mi Dueña, y obre en consecuencia... pero además hay una serie de gestos que tienen como objeto únicamente demostrar, hacer ver, esa sumisión. Esta escenificación, que tiene el único fin de mostrarse sumiso o de mostrarse Dominante, es en sí, un ejercicio de sumisión o de dominación. Ejemplo, ¿de qué sirve ponerse de rodillas? Ponerse de rodillas sirve, únicamente, para mostrarte sumiso. ¿Eres menos sumiso cuando estás de pie? Evidentemente no. Ponerse de rodillas es una escenificación, pero es, a la vez, un acto de sumisión. Por ejemplo, si me ordenan ponerme de rodillas en una situación para mí poco agradable (en un lugar público, donde estoy sometido a las miradas), es en sí un acto de sumisión. Yo mismo, desde hace algún tiempo, siempre que estoy en presencia de la persona que me guía, he de beber en una pagita que lleva un pene de plástico (de estos de despedida de soltera). Evidentemente, cuando estoy con ella a solas, o con gente del mundo BDSM, este gesto es sólo un gesto, pues no me supone ningún esfuerzo. Cuando salgo a la calle y tengo que usarlo en un bar lleno de gente... El gesto ya cobra un valor más allá del simbólico, para ser un acto de sumisión en sí.



La pajita de la que bebo delante de la persona que me guía

De este tipo de escenificaciones y de gestos quería yo hablar. Hay gestos que pueden ser muy evidentes, por ejemplo, ir de una correa, y otros que pasan desapercibidos, por ejemplo, pedir permiso antes de levantarse al servicio. Ambos son gestos que evidencian (sea de forma notoria o discreta, pero en ambos casos, clara) la relación D/s. La carga fetichista y erótica de ir por la calle con una correa puede ser mucho mayor que la de pedir permiso para ir al servicio, pero no supone, a mi juicio, una entrega mayor que pedir permiso para ir al baño. Está claro que las dos cosas se pueden convinar, se combinar, y en un momento de juego, puedes escenificar tu sumisión de la forma más bizarra, más teatral y más fetichista del mundo... Pero también está claro que no siempre puedes hacerlo (me pregunto cuánto tiempo pasaría hasta que me parase la policía si ando por el centro de Oviedo en pelotas con una correa al cuello). En lugar de eso, siempre (o casi) puedes tener gestos de dominación o de sumisión de tipo cotidiano. "Evidentemente ―decía la persona que me guía― no te voy a decir que si tu madre está sentada a la mesa me digas 'Ama, ¿puedo ir al baño?', pero sí que esperaría un gesto", esos gestos y esas formas de mostrarte sumiso o dominante que, en ocasiones, nadie más nota. Evidentemente no va a decirme delante de un familiar, por seguir el ejemplo, "perro, a mis pies", pero sí que puede esperar a que sea yo quien le llene la copa o le retire el abrigo, escenificando así, sólo para los ojos que lo sepan ver, su dominación.

Con ello no quiero menospreciar los gestos más pomposos, que siempre son atractivos y que siempre forman parte del juego, pero sí que hay que revalorizar los gestos más sutiles, que, a menudo, hacen patente la dominación o la sumisión de uno en situaciones en las que, de otra forma no sería posible. Esta escenificación de baja intensidad, de andar por casa, puede resultar, además, sumamente excitante.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pulsos, desilusiones y esperanzas.

Como sumiso tengo el deseo firme de satisfacer en todo lo que que espera de mí a la persona que quiero que algún día sea mi Dueña. Como persona tengo días mejores, días peores y días en los que me apetece mandarlo todo a la mierda (no me refiero al BDSM, me refiero a todo en la vida) y en los que me gustaría decir "voy a hacer lo que me sale de los cojones". En ocasiones todos entramos en contradicción, y las contradicciones de un sumiso son siempre complicadas, porque no son como las cotradicciones de las personas vainilla. No son iguales porque las personas vainilla tienen más capacidad de decidir lo que hacen. Evidentemente, todos tenemos gente ante la que responder, pero la necesidad de responder ante alguien, es mucho menor en una relación vainilla del tipo que sea (es decir, ya sea con una pareja, con un amigo, con el jefe...) que en una relación D/s. Eso es lo que hace que las relaciones D/s sean tan intensas, tan emocionantes, pero también lo que hace que puedan llegar a ser tan frustrantes. A uno le encantaría que un Ama estuviese siempre ahí para azotarle, estrujarle los testículos... y no tanto para indicarle que debe cumplir con sus obligaciones, para regañarle... o para tomar decisiones que a uno no le gustan. Como con la novia, como con los amigos, como con el trabajo... Uno disfruta de follar, de ir al cine o de quedarse en casa con la novia, pero le da por el saco que la novia le eche en cara que no pasa tiempo con ella o que deja la tapa levantada. Uno disfruta de salir de comediona con los amigos, pero le da por el saco cuando tiene que aguantar algún reproche (hay que decir que las de amistad suelen ser las relaciones menos exigentes, a tu amigo le da igual cómo dejes la tapa del váter o si te la meneas más o menos). Del mismo modo, uno prefiriría a veces más sesiones y menos regañinas. Pero del mismo modo que la diferencia entre una novia y una tía con la que follas y punto es que tenéis un proyecto en común, y por eso le jode que te dejes la tapa levantada o que no pases más tiempo con ella, del mismo modo que lo que diferencia a los amigos de verdad de los de tomar copas y punto son esos momentos en los que tienes que estar a las duras, lo que diferencia una relación D/s de una sesión es todo aquello que no es sesión. Cumplir las obligaciones, recibir las regañinas, tener que contar con la parte Dominante para cosas como irse a tomar una caña por ahí...



Sí, eso es lo que joroba de una relación D/s, lo que no es sesión. Pero también es lo que más te gusta. Sentirte verdaderamente dominado, sentir que hay un vínculo que te une a alguien, que va mucho más allá de la sesión. Alguna vez lo dije, yo pagué por sesiones a profesionales. Y disfruté... Y (sin ánimo de menoscabar a las profesionales) siempre volví a casa con una sensación de vacío, de pensar "sí, estuvo bien, pero ¿y qué más?" Ese "y qué más" es precisamente lo que hay fuera de la sesión. Y sí, fuera de la sesión hay regañinas, hay desilusiones ¿por qué no decirlo? No vamos a idealizar ningún tipo de relación, igual que los Amos también sufrirán desilusiones cuando ven que su sumiso no hace lo que esperan de él. Pero fuera de la sesión también hay sonrisas que valen un mundo, un guiño de ojos, una broma, confianza, cariño, y ese sentirse protegido y valorado por la parte Dominante.

Y ya que hablé de desilusiones, y hablando siempre desde el punto de vista del sumiso, sí, habrá ocasiones en las que un sumiso se sienta decepcionado con el Dominante (independientemente de las razones) y otras en las que se sienta desilusionado consigo mismo. Consigo mismo por no ser capaz de hacer lo que el Dominante espera de él. Y habrá ocasiones en las que el sumiso se sienta decepcionado con la situación. Es decir, momentos en los que el sumiso (y supongo que también el Dominante) piense "me gustaría estar viviendo otra cosa".

Y las personas tenemos la tendencia a que cuando las cosas no salen a nuestro gusto, intentamos forzar que salgan a nuestro gusto, lo que en ocasiones es una virtud y en ocasiones un defecto. Así, cuando como sumiso, intento forzar que las cosas sean como yo quiero esforzándome por dar más de mí, por hacer las cosas bien y disfrutar con ello, entonces es una virtud. Cuando intento que las cosas sean como yo quiero echando un pulso a la parte Dominante, intentando forzar sus decisiones, intentando (con o sin éxito) la dominación desde abajo, entonces es un defecto. Un defecto que puede dar al traste con una relación D/s, máxime cuando ésta está aún por consolidar.

Ahora bien, un sumiso puede intentar el engaño, el pulso, la dominación desde abajo conscientemente o sin darse cuenta. Un sumiso puede intentar hacer pasar por el aro al Dominante o simplemente puede que crea que está haciendo valer sus demandas, sus necesidades... y estar intentando, sin saberlo, hacer pasar por el aro al Dominante. La diferencia es de intencionalidad, pero como siempre digo, de intenciones no se vive. Una relación D/s (o del tipo que sea) no sale adelante nada más con las intenciones. Yo estuve haciendole un pulso a la persona a la que no debería hacerle pulsos. A la persona a la que nunca imaginé que haría pulsos, porque siempre pensé que no sentiría la necesidad de hacer pulsos a nadie, y menos a la persona que me guía.

¿Qué es lo que hace que un sumiso se comporte de esta manera? O mejor dicho, ¿qué es lo que hace que este sumiso se comporte de esta manera? Pues bien, supongo que la inexperiencia ayuda mucho a meter la pata. También las prisas y también la propia voluntad, el querer hacer lo que uno quiere (que es natural). Supongo que a veces pasa que uno desea con todas sus fuerzas ser dominado, estar a los pies de la que con todas sus fuerzas quiere que sea su Dueña, pero por otro lado no quiere renunciar a su propio ser, y aunque es cierto que nadie le está pidiendo que renuncie a su ser, que nadie espera eso de él (es más, quizá lo que se espere sea todo lo contrario), no puede evitar sentir que está renunciando a una parte de su yo vainilla. Quizá a la parte que está renunciando es a su egoísmo, quizá esté uno abandonando sus propias miserias, o eso es al menos lo que puede que tenga que hacer. Pero sí, nuestras miserias son una mierda, nos empobrecen, son un lastre que hay que soltar. Pero son nuestras. Forman parte de nosotros y, en parte, nos definen. Son nuestras miserias, más que nuestras virtudes, las que hacen que yo sea quien soy. Y M. puede ser, es, un zoquete, pero hace ya 28 años que lo llevo a mi chepa todo el día, y le tengo cierto cariño. Y M. no sería nadie sin guau-guau, y guau-guau es M., forma parte de él. Y guau-guau se esfuerza por mejorar a M., lo que implica, en parte, matarlo, para resucitarlo convertido en un nuevo hombre, porque el nuevo hombre (preconizaban los viejos leninistas) es un hombre libre de miserias.

Esas miserias son las que le echan un pulso a guau-guau, y con ello a la persona a la que quiero pertenecer. Pulsos en los que, manifiestamente, me opongo a ella. En los que abiertamente le llevo la contraria y busco forzar sus decisiones. Como si acaso yo fuese dueño de las mías, no ya por ser sumiso, sino por ser persona, pues creo que nadie es dueño de sí mismo, somos esclavos de muchas cosas, de las circunstancias, de los deseos, de los sueños, de los miedos, de la cultura, de la educación, de nuestras miserias... Y de ese sentimiento que brota en nuestro pecho, removiendo las vísceras con dolor al penetrar cada vez más adentro, dando, como los árboles al suelo, vida.

En uno de mis primeros post defendí que el BDSM constituye una sexualidad revolucionaria (olvidé quizá plantear que es una afectividad revolucionaria). La revolución constituye siempre confrontación. La confrontación de las ideas nuevas frente a las viejas, del que defiende el cambio frente al que defiende el inmovilismo... Y olvidamos, muy a menudo, que la principal revolución no se da ahí fuera (por ejemplo, no se da al hacer ver a los vainillas la normalidad de nuestra afectivo-sexualidad, o al menos no se da sólo ahí). La revolución se da a nosotros mismos, porque, como el Diablo, "somos legión", ello es, dentro de mí hay muchos yos y los intereses y las pulsiones de mis distintos yos a veces resultan antagónicos, y surge la lucha con uno mismo. Una lucha paradógica, en la que sólo yo puedo ganar, pero sólo yo puedo perder.


Aprender y avanzar, porque los pasos que yo doy hacia atrás acabamos retrocediéndolos los dos.



lunes, 17 de septiembre de 2012

¿Qué limitan los límites?

En los foros, en los blogs, en los chats... es muy común leer sobre los límites de los sumisos. Menos común es leer sobre los límites de los Dominantes, aunque obviamente también los tienen. Es muy común leer lo importante que es conocer y respetar los límites, cuestiones como la palabra de seguridad...

Y no es raro encontrarse también Dominantes que afirman no aceptar límites. Estos Dominantes no quieren que sus sumisos les digan que no están dispuestos a hacer determinada cosa. Ahora bien, ¿eso significa realmente que no hay límites? Vamos a obviar los límites evidentes, es de perogrullo que ningún sumiso está dispuesto a aceptar que su Amo  le corte una mano (y si es así, quizá deberíamos dudad de su salud mental). Vamos a obviar cuestiones circunstanciales, es evidente que un sumiso puede afirmar no tener límites, pero no por ello se va a plantar en su trabajo desnudo, pues las consecuencias serían inaceptables. Vamos a hablar, entonces, sólo de cosas que sí son viables, que sí son asumibles, que son razonables. ¿Es cierto que hay sumisos sin límites?

Personalmente nunca me planteé la posibilidad de marcar límites. No quiero decir que no me lo vaya a plantear nunca, ni que tenga nada en contra de ello, simplemente nunca me sentí en la necesidad de marcar unos límites, y en consecuencia, no los marco... ¿O sí? Suelo pensar que mis únicos límites son aquellos que marcan mis principios, por ejemplo, si yo estuviese a los pies de una persona Dominante que quisiese valerse de mí para hacerle daño a otra persona, aquí no se aplica la sumisión, sino mis principios más básicos. Este ejemplo puede parecer muy tonto, obviamente el lector aplaudirá que no esté dispuesto a hacer un mal a una persona. Pero la formación integral de la persona (ya sea a nivel individual, ya a nivel colectivo) implica tejer una red de principios, ideas, ideologías, sentimientos... muy ámplia. En lo que se refiere a los principios, podemos encontrarnos con los principios de perogrullo, esos que son universales o universalizables, meter niños en una cacerola y comérselos está mal, se mire por donde se mire, y punto, pero otros principios tienen un carácter más personal. Los hay que no son creyentes, pero en las bodas se levantan y comulgan por costumbre, mientras que para otros, comulgar o no es una cuestión de principios, así lo que para uno sólo significa comer una galletita sosa, para otros es una cuestión ideológica irrenunciable. Así, yo, por ejemplo, cuando voy a una boda, a un entierro... entro en la iglesia (otros miembros de mi familia tienen por principios no entrar a las iglesias, y se quedan a la puerta), pero no comulgo (otros miembros de mi familia no son creyentes pero se levantan a comulgar).

¿Es viable que yo me levante a comulgar? ¿Me va a pasar algo, me voy a convertir en un gremlim? Evidentemente no. Así, una Ama no podrá cortarme una mano, pero sí ordenarme que me levante a comulgar. Y sin embargo... Sin embargo esto atenta contra mis principios. No es que no quiera hacerlo, es que no me parece correcto, y en consecuencia, no puedo.

Bien, este ejemplo tonto (podría poner ejemplos más pegados a mi realidad cotidiana, pero hasta mi nivel de exhibicionismo emocional tiene un límite) nos puede servir para afirmar que no hay sumisos sin límites... Ahora bien, mi Ama podría decir, "Ah, ¿que no estás dispuesto a hacer esto?, pues adiós". Pero no es difícil adivinar que muchos Amos sin límites están dispuestos a ceder ante determinados escrúpulos de sus sumisos. Realmente dudo que un Dominante quiera obligar a un sumiso a hacer lo que a éste le supone un conflicto interior hacer.

Entonces, ¿a cuento de qué algunos Amos afirman no aceptar límites, y algunos sumisos afirman no tenerlos? ¿Para darse el pisto? Cualquiera podría pensar que los Amos que dicen no aceptar límites lo hacen por hacerse los duros, mientras que los sumisos que dicen no tenerlos lo hacen por ir de sumisinos por la vida y, de paso, atraer más la atención de los Amos.

Yo no estoy de acuerdo con esto en absoluto. Evidentemente hay Amos y sumisos que dicen no tener límites para presumir, pero creo que también hay Amos y sumisos que dicen no tener límites porque realmente no los tienen.

¿Cómo puedo decir yo que no tengo límites y después reconocer que hay cosas que no estaría dispuesto a hacer? Veamos. De mano, habrá que ver si las cosas que uno no está dispuesto a hacer son BDSM o no. Porque, siguiendo con el ejemplo de antes, yo puedo negarme a comulgar, pero decir que no tengo límites... Porque estamos hablando de un hecho que transciende el BDSM para invadir el espacio de la espiritualidad íntima de la persona (también puede pasar que la relación BDSM transcienda a la vida vainilla, mismo a la intimidad emocional, y no exista una vida vainilla y una vida BDSM).

Cuando escuché por primera vez a una persona Dominante decir que no aceptaba límites le pregunté "¿por qué?". La respuesta que me ofreció fue un poco del estilo "porque no", supongo que no le apetecía, ni sentía la necesidad de darme una explicaciones que, por otro lado, probablemente yo tampoco sería capaz de entender en ese momento (quien sabe si podría entenderlas hoy). Quizá la pregunta sea errónea. Quizá la pregunta no sea por qué hay Dominantes que no aceptan límites, y sumisos que no los ponen. Quizá la preguna sea por qué hay Dominantes que aceptan límites y sumisos que ponen límites.

Vaya por delante que yo no voy a juzgar ninguna relación (excusatio non petita, acusatio manifesta, que decía mi profesor de latín), y vaya por delante que no soy precisamente yo el que vaya a darle lecciones a nadie. Simplemente ésta es una cuestión que lleva un tiempo volándome en la cabeza. Pero, sobre todo cuando entro en foros, redes sociales... y veo una lista de límites, me da pereza. Y me da pereza a mí, que soy sumiso, me imagino a un Dominante. Un Dominante que conoce, por poco que sea, a un sumiso ya sabe que, por mil razones, hay cosas que no puede hacer con su sumiso. Así, un sumiso casado malamente podrá ser expuesto en público, a riesgo de romperse un matrimonio (caso de que la pareja no sepa nada). Del mismo modo, un sumiso puede no limitar la humillación, pero ningún Dominante con dos dedos de frente humillará a su sumiso en situaciones o con cuestiones que degraden a su sumiso (así, a nadie se le ocurriría humillar a un sumiso que acaba de pasar por una situación trágica o humillarlo con algo que realmente le duela).

¿Por qué ponemos, entonces límites? Y en este caso, voy a volver a darle la vuelta a la pregunta, ¿por qué yo no me veo en la necesidad de poner límites? Ayer mismo la persona que me está guiando por este camino del BDSM me dijo que soy muy cabezón con respecto a lo que pienso. Es cierto, lo soy. Y es así porque tengo una lista de principios fundamentales (que son aquellos principios que, no siendo los básicos universales, tampoco son discutibles) más o menos larga (¡puedo llegar a necesitar hasta los dedos de las dos manos para contarlos!). En consecuencia, en esta vida hay muchas cosas que no voy a hacer nunca. ¿Entonces, será que sí que tengo límites? Repito lo dicho arriba, no siento la necesidad de poner límites. Y no la siento porque sé que no lo necesito, ya que estoy plenamente convencido de que la persona que me guía no va a hacer nada que me haga daño, y por lo tanto no me va a pedir nada que vaya contra mis principios.

La cuestión de los límites es, creo yo, una cuestión dialéctica. La diferencia entre tener o no tener límites es en realidad la diferencia entre especificar o no especificar límites. Con ello creo que la diferencia puede ir más lejos, mucho más, de lo que los límites concretos que marcamos pueden dar a entender. La diferencia entre acordar y concordar. Los límites se acuerdan entre las dos partes, que negocian qué se hace y qué no. Es una opción, no la mía, pero a todas luces válida. En lugar de ello, la ausencia de límites no implica en ningún momento una entrega más severa, más dura. La diferencia no afecta tanto a cuánto entregamos, sino a cómo lo entregamos (y cuando hablo de entregar me refiero al sumiso, pero también al Dominante, que también entrega, en no pocas ocasiones más que el sumiso). 

Si no necesito acordar límites, no es porque esté dispuesto a todo, es porque sé que no se me va a pedir nada que no pueda dar (por imposibilidad estricta o porque me sea imposible éticamente). Del mismo modo que no aclaro a la persona que me guía (y que espero que algún día sea mi Ama) que no acepto que me corte una mano, no le aclaro que no acepto otras cosas, porque confío en ella para saber que no me va a hacer daño. Del mismo modo, acepto que haya cosas que me obligue a hacer que no me gusten, por supuesto, y evidentemente no soy yo quien marca lo que se hace y lo que no. Tampoco lo es el sumiso que marca límites. Pero creo que hay una poco sutil diferencia entre escribir una lista de cosas que no estoy dispuesto a hacer y sentarme tranquilamente a hablar con la persona Dominante de lo que supone para mí hacer esas cosas y después decidir. Quién sabe, quizá donde yo veía algo irrealizable, encuentro algo placentero. Quizá aquello que no estaba dispuesto a entregar, lo acabo entregando. Porque del mismo modo que muchas veces al Amo se le puede escapar el significado que tiene para el sumiso hacer algo (y por lo tanto su negativa), al sumiso se le puede escapar el significado que ese algo tiene para el Amo (y por lo tanto su demanda).

Evidentemente una relación que se gesta en pocos meses necesita de límites. Los necesita porque en pocos meses, por mucho que te entregues, por mucho que confíes... no es posible conocer las necesidades específicas de la otra persona, ni es posible saber si le haces daño, por lo que hay que decir "esto sí, esto no". No pretendo hacer yo aquí un alegato de las relaciones sin límites como máximo exponente de la pureza D/s, porque no soy amigo de las cosas puras, menos aún de las personas puras. Evidentemente, una relación que se basa en la fusta y el látigo (muy loable), no puede construírse sin límites, para ello es necesario constuír la relación sin prisas y con horas y horas de conversación para conocerse realmente.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Abriendo nuevos canales.


«Domina la mente y dominarás el cuerpo» suele decir la persona que me guía por este camino, no siempre claro, del BDSM. La primera vez que lo dijo pensé «obvio, no se domina a alguien a base de fustazos, sino de palabras» y me sentí, puerilmente, más listo que la raposa. Pero una cosa es entender algo dialécticamente, que te entre en la cabecina, y otra cosa es entenderlo de verdad, que además de entrarte en la cabecina, entre en ti y lo asumas. En ese sentido, no es hasta ahora, y quizá sólo en parte, que entiendo lo que quieren decir, realmente estas palabras.

Llevo un tiempo dando bandazos y palos de ciego, sintiéndome incómodo conmigo mismo y haciendo sentir a la persona que me guía también incómoda. Ayer mismo estuvimos hablando de ello, y ella me decía que me pongo metas demasiado altas, que debería ponerme metas más a mi nivel (ya que aún estoy empezando) y despreocuparme un poco y no tener tanto miedo a decepcionarla. Llevo un tiempo comprendiendo qué quiere decir realmente eso de dominar mentes, porque llevo un tiempo dándome cuenta de que articulo mis pensamientos de forma distinta.


En lo que se refiere a la mente y el pensamiento, hay algo que no siempre es fácil de entender. Una cosa es lo que piensas y otra cómo lo piensas. Por ejemplo, yo suelo hablar muchísimo de política con mi padre, que tiene unas ideas muy parecidas (aunque con matices) a las mías, pero yo tengo 28 años y el 55. Y eso quiere decir que, entre otras cosas él piensa como un señor de 55 y yo como uno de 28, aparte, obviamente, de que él piensa como Manolito y yo como Juanito (supongo que no hace falta aclarar que en realidad ni él se llama Manolo ni yo Juan). Después de muchas horas discutiendo, muchas veces llegamos a la misma conclusión, y decimos «pero si pensamos igual», pero ojo, en realidad pensamos lo mismo, pero no igual, porque él llega a la misma conclusión que yo, pero por un camino muy distinto, y a través de unos pensamientos, unas ideas y una cosmovisión muy distinta a la mía.



¿Qué tiene esto que ver con dominar mentes? Bien, en lo fundamental, yo sigo pensando lo mismo que hace unos meses, antes de embarcarme en esta excitante aventura de pretender ser el sumiso de una Señora (y no me refiero ya a BDSM, sino a la vida en general, a mi cosmovisión, o lo que es lo mismo, a cómo veo yo el mundo desde mi cabecina). Pero no lo pienso igual. Al afrontar mi sexualidad (y con ello mi afectividad) desde un prisma completamente nuevo, todo lo demás, lo que a priori no tiene nada que ver ni con el BDSM ni con mi sexualidad, se ve afectado, porque al cambiar un aspecto importante de cómo veo el mundo y las relaciones humanas (ahora la idea de tener Ama no es la idea jugar, sesionar, someterse a lo que diga..., ahora la idea de tener Ama es entender una forma de relación, y una forma de relación que es nueva para mí, es sentir algo que no había sentido nunca, y no sólo en el plano más sexual sino también en el más emocional. Cambia por lo tanto, no ya mi forma de ver el BDSM, sino mi forma de entender la afectivo-sexualidad (acuño el palabrejo para dejar claro que no estoy hablando de las pulsiones de la entrepierna, sino del latir frenético de los sesos), y con ello, mi forma de entender los setimientos. Por lo tanto, mi forma de entender la vida. Porque creo que en la vida no hay compartimentos estancos, que lo que vives en un aspecto de tu vida afecta a los demás.

Con ello quiero decir que desde hace un tiempo me doy cuenta de que llego quizá a las mismas ideas que siempre tuve, pero desde otros caminos, razonándolas y sintiéndolas de forma distinta. Sigo queriendo con locura a mis amigos, por ejemplo, pero los quiero de otra forma. No es que los quiera con otro querer, no, sigo queriéndolos como amigos, pero querer significa sutilmente otra cosa. Por ejemplo, hace un par de días salí de comedia con mis amigos, y sentí que había algo en mí distinto, y que de alguna forma mis amigos no hablaban con el yo de siempre, sino  con otro yo (esto entronca con mi necesidad de salir del armario, pero eso ya dará para otro post).

Y en lo que respecta a la persona que me guía en el mundo BDSM, pasa lo mismo (pero más claramente). No es que ahora quiera más ser su sumiso que antes, ni que ahora me quiera entregar más que antes, es que lo quiero de otra forma. Es decir, proyecto mi sentimiento hacia ese deseo de forma distinta. Y este sentir por otro camino es algo que va surgiendo poco a poco, que no pasa de hoy para mañana, y que tiene tendencia a volver al camino acostumbrado, al de antes (como un río al que desvías de su canal, que tiende a seguir el curso de siempre). Pero por otro lado, una vez que abres un canal nuevo, siempre va a haber agua que corra por esa nueva canalización, por mucho que también corra agua por la vieja. Y en medida de que la vieja canalización se va cerrando, como una herida que cura, el río ya corre íntegro por el canal nuevo.

Es decir, una vez que uno siente de otra forma, acaba
estableciendo la nueva forma de sentir como la natural. Es por ello que poco a poco mi mente se ve dominada, y donde antes pensaba en entregarme a toda costa, a forzar yo mismo mi sumisión en mi cabeza, ahora, poco a poco, surge una vía que hace que esa sumisión no se necesite forzar, ni por mí mismo. Hace que esa obsesión (como bien me decía nim en mi anterior post), deje de ser una obsesión, y se convierta en algo natural y suave. Sí, esto es un proceso que está empezando ahora. Hasta hace dos días (y no es una forma de hablar, hasta hace dos días literalmente) sentía de la forma vieja, obligándome a mí mismo a someterme, metiéndome en la cabeza sentimientos que deseo sentir con calzador. Y ese no es el camino. ¿Quiere decir esto que ya está, que a partir de hoy, sábado 8 de septiembre del 2012, a las ocho de la tarde pasadas, voy a sentir por la vía nueva? Evidentemente eso es ridículo, la vía nueva tardará un tiempo en hacerse hegemónica en mi forma de sentir, y mucho más en desplazar por completo a la vía vieja y obsoleta. Pero sí quiere decir que la vía nueva ya va surgiendo ella sola con naturalidad, sin falta de ir forzándola. Quiere decir que los fustazos que me metieron, algunos un tanto duros, en la mente, dieron su resultado. Y en este parto difícil, está naciendo, poco a poco guau-guau
el sumiso. Y tengo que decirlo, guau-guau el sumiso en parte es obra mía, sí, pero en gran parte es obra de la persona que me guía. Ella no me somete, me construye. Y tengo que decirlo, también hay ayudas inestimables (su pareja sentimental, por ejemplo) que no puedo dejar de recordar.
Llevo un tiempo sintiendome mal y haciendo que la persona que me guía también se sienta mal. Eso es lo que pasa cuando quieres avanzar a base de forzar la maquinaria. Es hora de dejar que la corriente me lleve hacia donde me tiene que llevar. Ponerse cómodo (estoy realmente cómodo, no podía estarlo más) y disfrutar del viaje. Un viaje que va a ser muchísimo más largo de lo esperado, pero que tiene del otro lado un  destino inmejorable. Un viaje que se puede alargar todo lo que quiera, porque es en sí mismo, un destino inmejorable.



jueves, 23 de agosto de 2012

Olvidarse de uno mismo.

Ninguém consegue tornar-se um bom cantor, um bom dançarino, um bom pintor, um bom amante enquanto não se esquece de que está cantando, dançando, pintando ou amando. Entregar-se implica esquecer-se de si.
Nadie consigue convertirse en un buen cantante, un buen bailarín, un buen pintor, un buen amante, mientras no se olvide de que está cantando, bailando, pintando o amando. Entregarse implica olvidarse de uno mismo. 
José Eduardo Agualusa, O Lugar do morto.


Llevo poco tiempo en el mundo BDSM, quizá demasiado poco para poder sacar conclusiones suficientemente claras de nada, pero es inevitable pararse a analizar el camino que uno está recorriendo, aunque sea con un criterio reducido. Y me paro a analizar y llego a una conclusión, pienso demasiado en BDSM. Me paso el día pensando en BDSM, hasta el punto que en pocas más cosas pienso... Y cuando uno piensa demasiado en una cosa su pensamiento acaba siendo hueco, como un eco que se escucha y se repite a sí mismo una y otra vez, y en consecuencia, se vicia, no vale.

Hay vidas que sólo se viven en la cabeza, que son imaginadas, como cuando de crío uno cogía la pistola y era un cowboy, pero evidentemente uno sólo era un cowboy en su cabeza. Son vidas soñadas. Otras vidas son las vidas intelectuales, pensadas. Esas son más propias de otras edades. Esas son las vidas que uno piensa, no con su imaginación, sino con su raciocinio. Es decir, cuando uno se recrea en pensar y repensar lo que hace, lo que siente y lo que piensa. Por ejemplo, eso es lo que hago yo en este blog, a la hora de escribir lo que siento y lo que pienso, no sólo comparto con el hipotético lector (¡qué optimista, creo que alguien me lee!), sino que además construyo mis propios sentimientos y pensamientos. Es decir, es una forma de vivir una vida intelectual.

Y hay vidas que son vividas, vidas sensitivas (los términos me los saco yo de la manga), que son aquellas que se viven de una forma más visceral, más irracional, desde la piel y las vísceras. Evidentemente no podemos vivir sin soñar e imaginar, no podemos vivir sin pensar y reflexionar, pero no podemos vivir sin sentir, sin hacer y sin vivir.

Cuando uno vive de forma imaginada o intelectual, lo hace desde la cabeza, y en consecuencia se sueña o se reflexiona a sí mismo. Cuando uno vive de forma sensitiva, uno siente, actua, piensa... Pero no se piensa ni se siente a sí mismo, sino lo que le rodea. Quiero decir, por poner un ejemplo, cuando uno está en una sesión, siente, siente y ya está. No se siente a sí mismo, no es uno mismo, sin más siente. Vale, una sesión, muy bien... Pero una sesión no es el grueso de una vida BDSM, una sesión es una sesión, la sumisión es mucho más...

No, no tengo ninguna conclusión (tampoco tengo muy claro que sea necesario), pero hace algún tiempo estoy pensando que para vivir el BDSM he de aprender a vivir despegándome dejando de mirar para mi ombligo, olvidarme de mí mismo, de que hago BDSM, de que me quiero entregar. Dejar de pensar en que soy sumiso y en que quiero ser sumiso de alguien, para, defenitivamente, entregarme y ser un buen sumiso, para que esa persona tenga un buen sumiso, y para que mi decisión de andar este camino tenga realmente sentido.