Pincha y entra. ¡Hay que frenarlo!

lunes, 16 de julio de 2012

Judas arrepentido.

"He traicionado a buenos amigos, he maltratado a seres queridos, he despreciado, he humillado y la vanidad me ha envelesado. No logro entender cómo he caído en la trampa de convertirme en cretino. Soy imbécil, qué disgusto, mea culpa, mal asunto. No sé qué pasa, no sé que tengo, al enemigo lo llevo dentro"


Suele pasar que juzgamos con distinta dureza a los demás y a nosotros mismos. Normalmente somos terriblemente más duros con los demás, mientras que con nosotros somos indulgentes hasta dar asco. Sucede que cuando el daño se hace entre seres queridos, ellos son mucho más indulgentes con nosotros que nosotros mismos, supongo que cuando alguien al que apreciamos nos hace daño ponemos por encima el cariño que le tenemos a esa necesidad de tener siempre la razón y ser los buenos. Pasa que cuando somos conscientes del daño que hacemos, descubrimos que ese bueno que siempre tiene la razón y al que los demás valoran tan poco (esto es, uno mismo) no sólo no es tan bueno como creíamos, sino que puede esconder miserias mucho mayores que las que vemos en el ojo ajeno. Supongo que todos somos humanos, y en nuestra naturaleza humana están tanto las virtudes como las miserias, y hacer daño a gente a la que quieres es sin duda la mayor de las miserias, a veces manifestada de forma pueril, pero no por ello menos importante. Supongo que soy imbécil, y eso es un mal asunto, qué disgusto. Qué disgusto hacer daño, y qué disgusto darse golpes de pecho y lamentar haber hecho daño, para purgar las penas y estar otra vez en situación de cagarla de nuevo. Qué disgusto lamentarse y recibir la palmadita en la espalda y el ya pasó, no pasa nada, convirtiendo el mea culpa en una fórmula para victimizarse a uno mismo (y es que uno puede ir de víctima diciendo lo mal que se portan los demás con él, o diciendo lo malo que es y lo mucho que sufre por ello, caso del que escribe).

Está claro que cuando hacemos daño a una persona a la que apreciamos, lo hacemos sin mala voluntad (si lo hacemos con mala voluntad, entonces, obviamente, es que tanto no la apreciamos). Y está claro que la intención que uno tiene cuando hace cualquier cosa no es un tema que no tenga importancia. Es muy importante saber diferenciar cuando uno hace mal con mala fe o por negligencia. Pero la buena fe no puede ser excusa para el mal que uno hace. En ese sentido tuve la mala fortuna de decepcionar muy seriamente a unas personas a las que aprecio con todo mi alma, relacionadas ambas con este mundo del BDSM, y digo muy seriamente porque más allá de la percepción que estas personas tengan sobre el suceso (que no voy a relatar), me resulta muy serio decepcionar a personas a las que valoro tanto. Hoy tuve la oportunidad de pasar con ellos el día, y pude comprobar que a pesar de mi comportamiento censurable, su trato fue exactamente el que había sido siempre, como si nunca hubiese pasado nada.





Pequeño regalo/putada para beber en público :)



Descubrir que, a pesar de todo, las bromas, la confianza, la complicidad... salió ilesa a tu arrolladora estupidez, y a la decepción que causaste; descubrir la capacidad de la gente de hacer borrón y cuenta nueva donde perfectamente podrían decir "adiós, muy buenas", realmente me emociona.

Y no puedo pasar sin hacerlo público. No puedo pasar sin hacer pública mi emoción y mi gratitud. Gracias, porque hacer que hoy sea un poco menos imbécil que ayer.




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 se acercó a Jesús y dijo “¡Salve Rabí!” y lo besó. (Mateo 26:48).
 arrojando las monedas de plata en el templo se marchó, y fue y se ahorcó. (Mateo 27:9).

Sin pensarlo. “¡Salve Rabí!”
dijiste al tiempo que vendiste
a aquél que todo te enseñó.
¿Sabes en qué te  convertiste así?
¡Qué miserable te supiste
con quien tanto, tanto te dio!

Sin pensarlo. “¡Salve Rabí!”
dijiste por ésta, la boca mía,
y en ese instante yo vendí
a quien tanto respeto tenía.

Eres tú aquél al que llaman Judas,
eres aquél que habita en mi piel.
Ven, carga tú la condena que penas
con la del que no fue ni leal ni fiel.

jueves, 7 de junio de 2012

Miedo.

Estoy convencido de que nadie puede hacerme verdaderamente daño. Porque cuando alguien quiera dañarme, no podrá hacerme ningún daño que no me haya hecho ya yo mismo. Algo bueno tenía que tener el auto-odio organizado. Nadie me va a poder odiar más de lo que yo mismo me odié. Nadie me va a poder humillar más de lo que yo mismo me humillé. Nadie me va a poder destruir más de lo que me destruí yo mismo. Nadie me va a despreciar más de lo que yo mismo fui capaz de despreciarme. Y sobre todo, nadie va a poder hacerlo desde dentro (a no ser que me aliene una secta, posibilidad que no descarto).

Y estoy convencido de que nadie me puede asustar más que yo mismo, porque, entre otras cosas, guau-guau es el único capaz de hacer que guau-guau (y el pequeño vainilla que se esconde detrás de ese nick) se convierta en un miserable. Y convertirte en un miserable es lo peor que podría pasarte (no, la muerte no es lo peor que te puede pasar, todos nos vamos a morir, por lo menos hacerlo sin habernos convertido en seres despreciables) ¿Qué más podría hacerme cualquier otra persona?


Ninguna persona te va a poder agredir de una forma más cruel que tú mismo. Pero con todo, la peor agresión contra ti mismo no es la que cometes contra ti mismo, sino la que cometes contra otro. Es ahí donde caes en la cuenta de que no eres la víctima (todos queremos a las víctimas, aunque sean gilipollas), sino el verdugo. Y saberte verdugo es saberte miserable. Y saberte miserable es sentirte miserable. Y sentirte miserable no mola. Y las buenas o malas intenciones no importan («de intenciones vive el tonto de los cojones»), porque el hecho de que tus intenciones fuesen buenas y que no quisieses joder a nadie, no le soluciona nada a la persona a la que jodiste.

Y traigo esto a colación porque el auto-odio organizado hace que de vez en cuando, cuando cae la noche y me quedo a solas con el íntimo enemigo en el que me convierto si como después de las doce, sienta miedo de mí mismo. Y es que de un tiempo para esta parte me estoy haciendo terriblemente impaciente. E intento no manifestar la impaciencia, hago tremendos esfuerzos para no manifestarla y no incomodar así a nadie. Pero no siempre lo consigo. Y ser impaciente no es un gran defecto, pero ser egoísta sí. Y es un gran defecto pretender que tus necesidades se prioricen por encima de las necesidades de los demás (pero no ya porque uno sea sumiso, que también, sino porque uno es persona y debiera ser caballero, paisano, que se dice en mi tierra para referirse a la gente que es como tiene que ser). Y no, no estoy siendo paisano. Y eso me duele y me asusta. 

Decía que nadie puede asustarme, porque todos los días me enfrento a mi mayor miedo. Mi mayor miedo (esto sí que es un alarde de exhibicionismo emocional) es no estar a la altura. Una persona a la que respeto profundamente, me dice que no hay alturas más que las que uno mismo se pone, y que nadie nos está midiendo, que esto no es una competición. Es verdad que esto no es una competición, y que no hay más altura que la que yo me ponga... Pero es que yo no puedo evitar ponerme una altura, y no puedo evitar, no ya generar una expectativa, sino poner una línea. Habrá quien pregunte que por qué. No hay un porqué. Es así y punto. Todo es discutible, todo se puede razonar, pero a veces es preferible aceptar determinadas realidades como dogmas de fe, porque, si no, nos pasaríamos la vida teorizando sobre el sexo de los ángeles. Hay una línea porque sí. Hay una altura que cumplir porque sí. No puedo explicarlo. Y sinceramente no tengo mayor interés en hacerlo.

Como decía, temo no estar a la altura. Y cuando uno prima sus propios deseos y sus propias pulsiones, cuando uno prima lo que le pica entre las piernas o, incluso, lo que le golpea el pecho, por encima de cualquier otra consideración, está pecando de impaciencia egoísta. Y eso no está bien. Y eso hace que uno se sienta un poco más miserable. Y uno es hombre de pocas aspiraciones. Y uno llega un momento que a lo único que aspira es a no ser miserable. Y si uno no puede cumplir ni con esa aspiración, ¿qué le queda? 


Recientemente leí un post sobre el egoísmo de algunos sumisos, que primaban sus pulsiones por encima de cualquier otra cosa. Y de alguna forma me sentí reflejado. Y no me gustó lo que vi. Y la noche se hizo un poco más oscura para mí. Y me encontré sentado frente a frente con ese enemigo íntimo, que, definitivamente, viene a por mí.





domingo, 20 de mayo de 2012

Nós (que tamién podría entitulase Ésti soi yo y ye lo qu'hai)

Porque xulgar ye mui fácil, porque atopar el to sitiu ye menos fácil. A toos y toes los que facéis posible que yo atope, adulces, el mio sitiu.


Ellos dixeron
que yéremos ellos.

Ellos, 
los maricones.
Elles, 
les muyeres.
Ellos, 
los del sado.
Elles, 
les del bable.
Ellos, 
los comunistes.
Elles, 
les antisistema.
Ellos, 
los negros.
Elles, 
les xitanes.
Ellos, 
los probes.
Elles, 
les putes.
Ellos.
Elles.
Nós.


Qu'una muyer
ximiendo pela natura,
pegando notra muyer,
cimbrando cola fusta
comete mortal pecáu
al naguar pol cuerpu
y pol placer de so puta.


Que los palillos qu'en mio llingua
faen que babe pola sumisión
son una garantía de condena,
que pensar algamar la redención
al traviés del to llátigu,
que sintir, amás, esto nesti idioma,
ye un absurdu.

Que facelo dende equí,
tan pocu cosmopolita,
que facelo xunta ti,
tan pocu Cosmopolitan,
ye la prueba de qu'allorié.
Y ha ser verdá que toi llocu.
Han tener razón pa matame
y tirar el cadabre nun pozu.

Soilo.
Soi un antisocial,
masoquista y del bable,
antisistema marxinal
y enfermu, ye probable.

Soislo,
dexeneraos,
viciosos,
comunistes,
y, pa enriba, menstruáis.

Ellos,
ellos dixeron
que yéremos ellos.
Y por ello somos nós.

domingo, 22 de abril de 2012

Una tarde de compras

A priori parecía un viernes normal, te levantas, vas hasta la facultad, quedas con un amigo para tratar unos temas mientras te tomas un café... pero cuando dejas al amigo no te vas a tu casa a comer, sino que comes algo por ahí y te diriges al punto de encuentro. Días antes quedas con dos Señoras que quieren que les acompañes a hacer compras.

Llego con tiempo de sobra, estoy avisado que como llegue tarde me la cargo. Estoy un poco nervioso y creo que tengo la tensión por los suelos, así que mientras espero me tomo un chupito para recuperar la tensión y el valor.

Llega la primera Señora. Nos sentamos, nos atiende el camarero... ¡zas! Primera metedura de pata, pido un café sin permiso y además pido yo primero :(

Esperamos por la segunda Señora charlando, bueno, yo más bien callado, porque estoy muy nervioso y no sé muy bien qué decir. Cuando llega la segunda Señora los nervios van a más. Nos vamos del local y las Señoras quieren mirar maquillaje, que prueban mis manos, para no ensuciar las suyas (respiro aliviado, no quieren probar el maquillaje en mi cara).

Salimos del establecimiento y nos dirigimos a un sex shop:

-- Bien, nosotras entramos ahora y tú dentro de cinco minutos, cuando entres pides un lubricante anal dilatador.

 Espero los cinco minutos pero... ¡me doy cuenta que no llevo dinero! Así que llamo a una de las Señoras y le digo que voy a sacar dinero del cajero. Se ríe. «No es necesario que lo compres, sólo que preguntes por él, si no lo quieres comprar no lo compres, si quieres comprarlo, entonces sí, saca dinero». No sé por qué, pero pedirle el artículo al dependiente para después no llevarlo casi me da más apuro que el hecho de pedírselo. ¿Qué le digo, que no es lo suficiente dilatante para mí? No tiene sentido. Saco dinero y entro en el sex shop, donde las Señoras harán como que no me conocen.

-- Hola --digo yo fingiendo seguridad-- ¿tenéis lubricante anal?.


-- Sí, claro --me dice el dependiente, llevándome hasta donde los tienen-- aquí tenemos éste de base acuosa, y éste otro de base de silicona, que es el que yo uso y que me va genial...

Pregunto si es compatible con el látex (cosa que ya imagino) y lo compro. Una vez comprado no sé qué hacer, si quedarme o irme, y doy una vuelta por la tienda en busca de respuesta. Las Señoras me habían mandado un SMS que no había visto, pero lo veo ahora y leo «cuando acabes, espéranos fuera». Salgo.

Al rato salen ellas y se ríen. Vamos entonces a tomar algo.

-- ¿Te gusta el agua con gas, verdad? --me dice una de las Señoras, sabiendo que no es mi bebida favorita.

Me mandan a la barra a pedir. Un agua con gas, un acuarius limón y un batido de vainilla con nata. No tienen agua con gas. Sonrío para mis adentros pensando que voy a poder tomar un café. No. Tienen 7UP sabor ciruela. Ojalá tuviesen agua con gas (¿quién narices toma eso por voluntad propia?, los hay más masocas que yo). Me mandan ir por una pajita para beber el refresco. Viene un Señor (Dominante, pareja de una de las Señoras). Se sienta con nosotros. Le voy por una Coca Cola. Le relatan cómo nos está yendo el día. Estoy muy nervioso, tanto que no me puedo estar quieto. Enredo con la pajita la muerdo, hago un nudo con ella. Una de las Señoras mira para la pajita. 

-- ¿Qué haces? No la rompas, que vas a tener que beber con ella el resto del día. Guárdala.

 Acabamos nuestras consumiciones. Salimos.





Fuera las Señoras esperan mientras acompaño al Señor hasta el autobús, se tiene que ir. Cuando llegamos a la parada caigo en la cuenta de que no sé si tengo que acompañarlo hasta la parada y volver, o acompañarlo y esperar con él el bus. Le pregunto. Él se apiada de mí,

-- No sé, vamos a ver cuánto tiempo queda para que llegue. Mira, llega ahora, no tenemos que esperar.

Llego hasta el sitio donde me esperan las Señoras, «¿ya estás aquí?, ¿y el autobús?» Agradezco que no haya hecho falta esperar el autobús, les digo que ya pasó y entonces nos vamos.

¿Dónde vamos? Vamos a una gran superficie, a la sección de lencería.

-- Bien, tienes que merodear por la tienda, y cuando te digamos le preguntas a la dependienta por ropa interior para tu novia, le cuentas que estáis de aniversario y que quieres algo bonito para ella. Tu novia es de tu misma talla --explica sabiendo que la dependienta va a dar por hecho que es para mí...



Cuando al fin salimos de la tienda creo que no puedo respirar. Por fin nos vamos. Volvemos a mirar maquillaje. Vuelvo a agradecer que quieran probar el maquillaje en mi mano y no en mi cara. Las Señoras se interesan por un pinta uñas que ya habían buscado sin éxito en la tienda anterior. Aquí tampoco lo tienen. Ante la atenta mirada de la vigilante de seguridad (que sospecho que creía que íbamos a robar) nos vamos. En ese momento una de las Señoras se acuerda de que no tenemos pan para la cena. Me manda a por él y que coja algo de postre. Voy. Cuando vuelvo las Señoras no están. No sé qué hacer. Cojo el móvil para llamarlas. Tengo un mensaje: «cuando acabes te esperamos en el bar...». ¡Mierda! No tengo del todo claro dónde está el bar. Pregunto a dos policías municipales que pasan. Por fin llego.

-- ¿Dónde estabas? Hemos tenido que pedir nosotras. --En la mesa hay un té y un café (¿o un refresco? La verdad es que no lo recuerdo, y lamento no recordarlo, ya me avisaron que tenía que fijarme en los detalles) intento excusarme. Es en balde.-- Vete a la barra y pide agua con gas. Cuando vuelvo la Señora que bebe el té mira para la tetera «sírveme», dice con una voz que denota que le desagrada que no me haya dado cuenta yo solo. Le sirvo. Parece que el ambiente se relaja un poco, o soy yo el que está más relajado, no lo sé. Charlamos un rato. No me gusta el agua con gas. Revuelvo con la pajita con la que tengo que beber intentando quitarle un poco que gas.



-- ¿Qué haces? --En ese momento me doy cuenta de lo imbécil que soy. Al principio intento excusarme, después me doy cuenta de que es una estupidez. Reconozco lo que estaba haciendo y reconozco que lo hacía sabiendo que estaba quitándole el gas, pero sin ser consciente de que no podía hacerlo (realmente no pensé si podía o no podía hacerlo). Espero que mi sinceridad consiga desagraviar aunque sea un poco mis acciones.

Parece que me perdonan. Reconozco que no merezco que lo hagan. La verdad es que me siento mal por haber metido así la pata. Me siento culpable. Acabamos la consumición y nos vamos. Me siento muy avergonzado.

Nos vamos ya, para casa de una de las Señoras, a cenar, se acabó el protocolo... o eso creo.

Llegamos a casa y cenamos una tortilla de patata que hace la Señora, que por cierto estaba muy rica.



Como digo, ya no estamos en un juego de protocolo, sino en una cena informal de amigos. Eso no quita que tenga que seguir usando la pajita para beber. Jugamos a las cartas... no todo el mundo se toma bien que les ganes una mano...




Acabamos el día de forma distendida y como amigos... Pero al marcharnos se me olvida ponerle el abrigo a la Señora que también se va (la dueña de la casa no, la otra), y me lo recuerda :(  Otro fallo.


Si tengo que hacer un balance de la tarde, una tarde estupenda no, lo siguiente. Es curioso como sin falta de hacer nada, nada más que salir a hacer unas compras y tomar algo, se pueden remover dentro sentimientos de sumisión que no son ninguna tontería. A veces, jugar inocentemente puede ser muy interesante.


Por cierto, que la pajita de plástico, aún la tengo y aún he de beber por ella siempre que esté con las Señoras, como tuve que hacer mientras veíamos el partido ayer ;)





No puedo cerrar este post sin agradecer de corazón a estas dos Señoras que tuvieron a bien pasar la tarde conmigo. Gracias.

domingo, 15 de abril de 2012

¿A qué estamos, a rólex o a setas? Socialización y construcción política del BDSM, unas opiniones.


Esto van unos vascos a buscar setas al monte y uno dice "coño, he encontrado un rólex", "anda, Patxi, ¿pero a qué estamos, a rólex o a setas?"
(chiste que escuché en la película Celda 211).

Aviso: este post puede/debe herir sensibilidades.

En nuestro ejercicio por entender el BDSM más allá de la relación sexual, o de la expresión de la sexualidad de cada individuo, hemos hablado en anteriores post de la necesidad de crear espacios propios, de la necesidad de articular relaciones de confianza (si bien me refería en este caso a la confianza individual) en el BDSM y, muy especialmente (pues pretende ser el leit motiv de este blog), del BDSM como forma de vivir la sexualidad revolucionaria, no sólo por lo que el BDSM tenga de transgresor (ya que en la medida en la que el sistema puede absorver el BDSM como un producto de consumo más a través de la prostitución especializada y la pornografía, pierde el elemento transgresor de fondo quedándose con una "transgresión" meramente formal). Personalmente entiendo el BDSM (y repito, ése el el leit motiv del blog, la teoría en la que sustento mi forma de vivir el BDSM) como una sexualidad revolucionaria en tanto que deconstruye las relaciones afectivo-sexuales dominantes, relaciones patriarcales y heterocéntricas que constituyen una construcción política de la sexualidad y de la afectividad, más allá de que a fuerza de hiper-naturalizar esta construcción política (entiéndase "política" en un sentido ámplio) acabemos de aceptarla como LO NORMAL. En ese sentido, del mismo modo que en las reivindicaciones LGTBQ a nadie toma por sorpresa el concepto del heterocentrismo, acuñaré con permiso de las autoridades intelectuales, de las que yo no formo parte, el concepto del vainillacentrismo.

Vayamos por partes.

En política geoestratégica (es decir, cuando hablamos de los mapas de colores y de las relaciones entre países o territorios), se habla comúnmente de las relaciones centro-periferia, en las que el centro no es un centro geográfico, sino político. Ejemplo práctico, mientras que la República Checa está más o menos en el centro geográfico de Europa, forma parte de la periferia al ser un país considerado de segunda, y no tener influencia en la política europea, situándose el centro político en París y en Berlín. ¿Qué tiene esto que ver con las relaciones afectivo-sexuales? Bien, extrapolando la visión de las relaciones políticas (y entendemos como relaciones políticas TODAS las relaciones humanas, pues TODOS somos animales políticos), a las relaciones afectivo-sexuales, entendemos que existe un centro y una periferia. El centro lo constituyen las relaciones heterosexuales, vainilla, monógamas... y evidentemente androcéntricas y patriarcales, en definitiva, la conciencia de las relaciones afectivo-sexuales tradicional o convencional (de hecho es convencional porque es la vara de medir, la convención, el centro), y consideramos la periferia todo lo demás (desde relaciones homosexuales, a identidades de género discordantes con la realidad biológica, hasta la desconstrucción del discurso de género en las teorías queer hasta nuestras relaciones BDSM, del tipo que sean).

Entendemos que se da una relación centro-periferia entre las relaciones convencionales y todo lo demás (nosotros nos ceñiremos exclusivamente al BDSM, pues es lo que nos ocupa, pero es extensible a otras realidades) porque las dos formas de relacionarse no sólo no son independientes, sino que interfieren la una en la otra, y lo hacen de manera desigual y en una relación desigual. Como diría Marx, la cultura dominante es la cultura de la clase dominante, en ese sentido, la cultura sexual dominante es la cultura de la sexualidad dominante, mayorizada (ver 24 de agosto de 2011). En ese sentido, es la sexualidad minorizada socialmente la que se ve juzgada constantemente. Una persona vainilla no tiene que demostrar que es una persona, no tiene que demostrar que su relación es sana y buena, no tiene que demostrar que no es peligroso ni para la sociedad ni para él. Nostros sí tenemos que demostrarlo. Siendo así, la relación que se da entre la sexualidad vainilla y la sexualidad BDSM es una relación de centro-periferia, en la que la sexualidad vainilla actúa como medida y la sexualidad BDSM como elemento a juzgar y, en todo caso, como sexualidad menor (no en número, que también, sino en calidad), subordinada siempre a la relación natural (más bien naturalizada, o hiper-naturalizada), que es la vainilla.


Es ahí donde frente a la sexualidad oficial nos encontramos con una sexualidad marginal, la nuestra, la sexualidad BDSM (independientemente de que yo también pueda formar parte de la sexualidad oficial, en tanto que no todas mis relaciones son BDSM). Y en cuanto hay una sexualidad periférica, una sexualidad marginalizada, se constituye por parte de la sexualidad mayorizada una situación de arrinconamiento de todas las sexualidades no oficiales (pues como exponía en el post que cité antes, las sexualidades socialmente mayorizadas, como todos los discursos identitarios mayorizados, tienden a ser excluyentes). Entramos entonces en una dicotomía de confrontación, discurso mayorizado-oficial versus discurso minorizado marginal. Entendiendo que estos discursos, más allá de tener una base natural (o dicho de otra forma, más allá de basarse en las pulsiones innatas de cada uno), son constructos individuales pero también colectivos, por lo tanto, constructos políticos, entendemos entonces que el BDSM más allá de ser una pulsión íntima que desarrollamos cada uno de nosotros, ha de configurar un constructo político por el que cada uno de nosotros nos construímos a nosotros mismos, como individuos, pero también como colectivo.


¿Qué cojones quiere decir en cristiano esta movida tan rara? 
 Esta movida tan rara quiere decir que yo soy un sumiso, y lo soy porque de forma más o menos innata me siento así. Siento la necesidad de entrega, siento la necesidad de que me sometan, humillen... pero vamos a ver, ¿de verdad alguien se cree que salió de mi cabecita la idea de tener un collar, o la idea de formar parte de determinados rituales de D/s? No, evidentemente ni a mí ni a ninguna persona a nivel individual le da para tanto la cabecina. Si estos modos de hacer rituales (el collar, la vestimenta de protocolo...) son posibles, lo son porque de forma colectiva así lo marca una COMUNIDAD, con mayor o menor conciencia de comunidad. Y en cuanto que somos una comunidad y tenemos un ideario común, conformamos un constructo político. ¿En cristiano? En cristiano que nuestra sexualidad es, en parte, como es porque así nos mana de dentro, pero en parte porque así la construimos nosotros mismos, en acuerdo a un sentir de colectivo.


Ahora bien, en muchas ocasiones, y es una opinión personal por la que me expongo a ser lapidado intelectualmente por vosotros, oh amables y espero que también severos lectores, me da la sensación que la  conciencia de colectivo no va más allá de la práctica sexual/afectivo-sexual concreta. Esto es, sí, aceptamos mejor o peor la estética del BDSM al usar collares, vestir de negro, tratar de Usted a la peña... pero no intoriorizamos la ética del BDSM, o la interiorizamos sólo parcialmente, al no ser capaces de asimilar la comunidad BDSM como algo más que un grupo de gente que disfruta con lo mismo que nosotros. Esto es, al no ser capaces de visualizar la sexualidad BDSM como un constructo político individual y colectivo (y digo "individual y colectivo", sin que quepa leer "individual o colectivo", uno y otro van de la mano), que por su naturaleza de marginal constituye una identidad de resistencia (vuelvo a remitir al post del 24 de agosto pues constituye la declaración de principios de este blog). Y como identidad de resistencia, no admite fisuras, por más que admite, como no puede ser de otra forma, discordancias y discrepancias abiertas.

¿Qué  quiere decir esto en cristiano? Que aquí podemos pensar todos lo que queramos, que podemos discrepar e incluso confrontar radicalmente posturas. Puedo pensar que lo que defiendes no tiene pies ni cabeza y puedes pensar que lo que escribo no es más que un puñado de mierda (y si lo piensas, me alegraré mucho de que me lo hagas saber, a veces cansa que sólo los amigos te firmen para decirte lo que molas, cuando es evidente que el debate y las discrepancias es lo que forjan el discurso que tanta falta nos hace). Pero para lo que no hay espacio es para la insolidaridad y las enemistades. ¿Por qué? Porque somos lo que somos. ¿Y qué somos? Un puñado de depravados sexuales, peligrosos para la sociedad, enfermos que no encuentran su camino y se dedican a hostiarse porque no saben qué hacer de sus vidas miserables. Sí, eso es lo que somos a vista de la sociedad vainilla, que como centro y como sexualidad dominante es la que marca el discurso oficial. Discurso que nosotros, como periferia y como sexualidad en resistencia debemos romper. Pero para romperlo, tendremos que articular un discurso propio.

¿Cómo no se articula un discurso propio? Un discurso propio no se articula sin adquirir conciencia de comunidad, sin adquirir conciencia de sexualidad marginal en resistencia y sin asumir que para conformar un constructo sexual (para construir nuestra propia sexualidad) debemos adoptar una actitud activa y no pasiva. En cristiano, somos bedesemeros, ¿pero qué es ser bedesemero? El comportamiento del bedesemero, al contrario del comportamiento del vainilla, no viene marcado por la tradición, no nos lo enseñan de pequeñinos, lo tenemos que construir nosotros mismos, y no sólo se limita al protocolo (que es el elemento externo, y por mucha importancia social que tenga, no es lo que nos define). Y de nosotros depende si construímos un discurso en torno al BDSM que se limite únicamente a las fiestas, a un vago y ambíguo Sano, Sensato y Consensuado (imprescindible, pero que no abarca todas nuestras necesidades) y a cuatro medidas contra las ETS, o si nos construímos como colectivo con ánimo de desarrollarse más allá de cuatro azotes mejor o peor dados en una mazmorra.

En ese sentido, si yo defendí el 17 de octubre de 2011 que los espacios físicos, y en particular El Triskel del Norte, son un elemento fundamental para estar, pero sobre todo para ser, defiendo hoy (como matización a la importancia de los espacios físicos), que la importancia de los espacios físicos radica en lo que se hace dentro de ellos. Y si bien las fiestas son importantes para ligar una comunidad que me abulta terriblemente endeble, también creo que la construcción de un discurso intelectual que transcienda a las personas que eventualmente ocupamos esos espacios es la base de cualquier comunidad, que, por verse obligada socialmente a justificarse, no se puede permitir el lujo de carecer de discurso político e identitario respecto a sí misma.

No, no hay cabida a pensar que guau-guau, fulano o mengano, son importantes. No lo somos, ni yo (eso es obvio, vale), ni NADIE. Aquí lo importante es normalizar el BDSM, aquí lo importante no sólo es poder jugar, es que llegue un día (si bien sé que es lejano) en el que la gente pueda salir a la calle, identificarse como bedesemeros y no temer ni represalias de ningún tipo, ni el ostracismo social ni que te señalen. Eso transciende cualquier cosas, transciende mis propios sentimientos, mis dolores y mis anhelos, pobres y miserables que no durarán más de lo que dure mi propia vida, también pobre y miserable. Vida que, como sumiso, como bedesemero, sólo puede encontrar acomodo dentro de una comunidad BDSM concienciada, politizada (en el sentido amplio, quien no entienda qué quiero decir con politizar que se abstenga de leer mis post) y en pie de guerra para construirse a sí misma. Todo lo demás está de más. Todo lo demás, nos seguirá sumiendo en una marginalidad que sólo puede interesar a los morbosos que gozan de saberse pecadores a los ojos de la sociedad. Por fortuna o por desgracia, no soy uno de esos morbosos, más al contrario, no creo en el pecado, no encuentro morboso que la sociedad me juzgue, porque sólo aspiro a desmoronar y reconstruir esa sociedad sexual (esa sexualidad social) que nos excluye a todos nosotros.

 

lunes, 20 de febrero de 2012

Primeros pasos, una cuestión de confianza.




Inciarse en un modo de vida no suele ser fácil, máxime cuando ese modo de vida conlleva una adaptación psicológica y a menudo una restructuración de los propios principios e ideas preconcebidas. Esto es, no es fácil ponerse a cuatro patas a que te calienten el culo, por mucho que lo estés deseando, por mucho que sueñes con ello. Al menos, no es fácil cuando no estás de ello. ¿Por qué no iba a ser fácil hacer algo que deseas hacer? ¿Acaso es difícil comer cuando tienes hambre o dormir cuando estás cansado?

Pero evidentemente ni comer ni dormir conllevan una adaptación psicológica. Recuerdo cuando perdí la virginidad. Cuando perdí la virginidad lo hice con una chica a la que no es que conociera una barbaridad, aunque hoy es una de las personas a las que más quiero, una grandísima amiga. No sé si las mujeres que leen este blog podrán entenderlo (porque soy muy consciente de que la sexualidad masculina tiene unas características distintas a la femenina), pero los hombres seguro que sí lo entienden (otra cosa es que no todos estarán dispuestos a aceptarlo). Cuando un hombre se acuesta con una mujer por primera vez (o por segunda, o por tercera... o por enésima vez) su principal preocupación no es, a pesar de lo que podamos pensar, disfrutar. No. Su principal preocupación es estar a la altura, no decepcionar a la persona con la que estás. No, no es una cuestión de machitos, de ser el gallo del gallinero, nada más lejos. Es una cuestión de confianza, de dar confianza a la otra persona, que se sienta a gusto y sí, que se sienta orgullosa. Veamos, desde que somos pequeños nos enseñan a que hay que cumplir (no me estoy refiriendo ahora al sexo, me estoy refiriendo a la vida en general). Nos enseñan a que tenemos que hacer lo que hay que hacer. Y en consecuencia, cuando estamos con una mujer lo que queremos, por encima de todo, es que esa mujer sea feliz, al menos, mientras está con nosotros (y sigo sin hablar sólo de sexo).

Pues como decía, cuando perdí la virginidad estaba nerviosísimo, aunque intentaba evitar que se notase, y aquella cosilla que durante toda la noche me crecía entre los pantalones, en el momento clave hizo cualquier cosa menos crecer. Por momentos parecía estar atravesando una especie de involución, como si se metiese para adentro, ¡horror! Oír la pregunta de la chica «¿es que no te pongo?», cuando sí que me ponía, como un animal, lo único que consiguió es hacer que me sintiese decepcionante, que es lo peor que una persona se puede sentir. Finalmente, aquello no fue una peli porno rodada en cuatro escenas, pero fue mejorando, gracias al cariño y afecto que aquella mujer me profirió. Sentirse comprendido, no sentirse juzgado, saber que que hay alguien a tu lado, no sólo me hizo introducirme en el sexo con cierta dignidad, no sólo despertó en mí un mundo que siempre había soñado, sino que creó un vínculo de respeto y aprecio infinito entre aquella chica y yo. Hoy ella mantiene una relación sentimental con otra persona, con la que convive y con la que construye un proyecto de futuro.

Pero a pesar de que la entrada en una vida sexual adulta supone un ejercicio de adaptación psicológica que no por concluído podemos olvidar, ese ejercicio de adaptación es mucho menor que el de adaptación al BDSM. ¿Por qué? Porque desde que somos críos tenemos ciertas nociones de qué es el sexo. Desde que somos críos sabemos perfectamente que algún día perderemos la virginidad y sabemos que tendremos una vida sexual más o menos plena, según los casos, los prejuicios, las creencias o las circunstancias particulares de cada uno. Pero nadie nos explica cómo vivir el BDSM. Nadie nos explica que es posible que un día deseemos que nos pongan el culo como un pandero, y nadie nos explica que si llegamos a tener ese deseo, algún día podremos realizarlo. Y nadie nos explica, por muy progresistas y abiertas que sean nuestras familias (y tengo la suerte de que la mía lo es), cómo tenemos que comportarnos cuando deseamos profundamente que nos pongan el culo como un pandero. Nadie nos enseña a afrontar nuestros sentimientos en el BDSM, y cuando al fin conocemos qué es el BDSM, cuando al fin aceptamos que ésa es la forma (o una de las formas, pues no es incompatible con otras) en la que queremos vivir la sexualidad, lo hacemos siendo adultos. Y eso quiere decir que lo hacemos sin los miedos pueriles que tenemos de críos, pero también con el bagaje de prejuicios que arrastramos desde críos, y con los miedos adultos, más complejos de asimilar que los infantiles (quizá únicamente porque los infantiles ya los superamos y estos otros no). Ya no tenemos miedo a tenerla pequeña, ahora tenemos miedo a traicionarnos a nosotros mismos, a dejar de ser quien somos y sobre todo, y ése es seguramente el miedo que más compartimos con los niños que fuimos, a no saber qué va a pasar, hacia dónde vamos.

Conciliar nuestra vida bedesemera puede ser muchas veces más difícil que conciliar nuestra vida sexual (entre otras cosas porque la sociedad, y con ello nosotros mismos, asume con naturalidad otras formas de sexualidad pero no el BDSM).

Por esto comparo las primeras vivencias sexuales con las primeras experiencias bedesemeras, porque en ambos casos hablamos de un paso, en ambos casos con sus respectivos ritos de paso, y en ambos casos con su marca en nuestros corazones, una marca imborrable.

Recuerdo también el día que aprendí a montar en bicicleta. Mi madre había intentado con todo su cariño enseñarme, aunque hay que decir que de forma infructuosa. En la casa de al lado, en aquel pueblo de ocho casas y unas veinte almas, veraneaba una família numerosísima cuyos abuelos eran originarios del lugar, pero vivían hacía mucho tiempo en la capital. Uno de aquellos críos era mi mejor amigo, y uno de sus hermanos mayores (bastante mayor que él) era un referente juvenil en mi vida, uno de esos chavales de 16 ó 17 años que los críos idealizan y admiran. Él cogió mi bici por detrás y me dijo «tú pedalea, que yo te agarro», y cuando quise darme cuenta estaba andando en bici yo solo, dejándolo varios metros atrás. Bien es cierto que la frenada fue complicada, y dar la vuelta en aquél camino que era la única entrada al pueblo no fue fácil, pero ya sabía andar en bici. Y sabía andar en bici porque tenía confianza plena en aquella persona, que hizo safarme de mis miedos y pedalear. Recuérdo perfectamente el orgullo que hinchó mi pecho, lo agradecido que quedé a aquel chaval y lo grande que me sentí entonces.

Eso es el BDSM. Poder poner el culo en pompa, o abrir las piernas ante la amenaza de recibir fustazos en los genitales, seguro de que pase lo que pase, no va a pasar nada que te haga mal, porque sabes que no puede pasar ningún mal, porque confías plenamente en ello. Poder dejar los prejuicios y los miedos a la puerta, perder el miedo a que te juzguen, perder el miedo a juzgarte tú mismo (y a condenarte, al menos yo tengo la tendencia a ser mi juez más implacable), poder cerrar los ojos y pedalear con fuerza, estrechar las manos de la otra persona, olvidar que la cosa que te cuelga entre las piernas tiene una tendencia casi enfermiza a enclaustrarse en cabidades de tu cuerpo que desconocías que tenías y que eran tan profundas. Saber que te puedes superar, y que el dolor de tus nalgas es quizá el último calmante que alivia el dolor de tu espíritu.

Y eso sólo es posible porque alguien te coge de la mano afectuosamente, y te hace dar tus primeros pasos. Brindemos por esas personas.

sábado, 11 de febrero de 2012

Tú, Buzz Lighyear, o el Brokeback Mountain estelar bedesemero:

En el desierto de Alabama, donde la NASA gravó aquel primer alunizaje de Armstrong, sentiste por vez primera la llamada de Woody.

Él, imponente, con sus botas altas, con su látigo. Aquel látigo con el que castigaba a placer tu cuerpo de plasticucio. Aquellas botas que lamías sobre el desierto lunar de Alabama. Aquellas espuelas con las que te marcaba cuando te cabalgaba.

Él, escupiendo su tabaco de mascar en tu boca, conviertiéndote en la putita del Saloon del desierto lunar de Alabama, maquillado como un Señor Potato travestido cualquiera, fulana de todo el Fart West de plástico, sumisa de Woody.

Tú, recibiendo en tu cuerpo la cera de lava de las velas volcánicas de Urano (Dakota del Norte), recibiendo los azotes de la fusta del cow boy en tus nalgas blancas, sintiendo tus pezones mordidos por las pinzas y las bridas del caballo entre tus dientes, tras tu máscara estelar.

Tú, Buzz Lighyear, que tanto tardaste en saber que no eras más que un juguete, sólo pudiste decirle una cosa justo antes de que te pusiera la mordaza: «Me haces llegar hasta el infintio y más allá».