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viernes, 25 de enero de 2013

Una verdad incuestionable.

A veces es complicado saber exactamente lo que uno siente. Últimamente más complicado de lo que venía siéndolo normalmente.

Y es que cuando uno se acerca al BDSM todo es morbo y diversión, pero hay que reconocerlo, el BDSM también tiene cosas que no agradan tanto. No me refiero ya al mero hecho de tener que formarse contínuamente, y es que ver vídeos porno (aunque sean malos en petardas.com), es más grato que pasarse horas leyendo artículos... Por lo menos cuesta menos trabajo. Pero ese no es el problema, porque al final, leer esos artículos no sólo acaba resultando tremendamente útil, sino que va resultando, poco a poco, agradable. Me refiero a que cuando uno se va adentrando poco a poco en el BDSM y aspira a tener algo más que la paja delante del ordenador o los cuatro azotes en un momento de juego, hay toda una serie de sentimientos que van entrando en contradicción.

Si no me equivoco, fue George Washinton, el primer presidente de los Estados Unidos, el que dijo que «todos los hombres nacen libres e iguales, y dotados de una serie de derechos inalienables». Menos poético y más pragmático, el escritor andaluz Ángel Ganivet habría dicho, refiriéndose a los ciudadanos del Estado español, pero que yo hago extensible a todo el mundo, «el ideal de todos los españoles es que llevasen en el bolsillo una carta foral con un sólo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: "Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana"». Como digo, me tomo la libertad a hacer extensible esta idea a todo el mundo, independientemente de cuál sea su origen o su identidad geopolíticos, pues creo que se trata de un sentimiento inherente a las personas.

Así, de manera inherente uno tiene la tendencia a hacer lo que le dé la gana. Y, sobre todo, uno tiene la obligación ética e intelectual de no renunciar ni a sus principios ni a sus ideas propias (cuando digo uno, me refiero a mí, allá cada uno si quiere aplicarse estas máximas, pero yo sí que me las aplico de manera indiscutible). Esto es, la cosmovisión es algo que, sin duda, va evolucionando, a veces cambiando hasta el punto de ser otra completamente distinta, pero ha de ser así (dentro y fuera del BDSM) por la propia evolución natural, no forzada, de cada persona. No por su condición de sumiso que se tiene que adaptar a su rol. Así lo veo yo y así lo aplico, de manera ineludible, a cada momento de mi vida, más allá de las contradicciones en las que caigo con más frecuencia de la que me gustaría (y cada vez que escribo en este blog caigo en unas cuantas, no pequeñas).




A pesar de ello, o precisamente por ello, creo que mi camino como sumiso es el camino de la evolución, de la autoconstrucción como sumiso y como persona. Y esto implica asumir frontalmente, sin cortapisas ni parapetos que te defiendan, críticas (de otros y mías también), que duelen. Y nadie quiere oir, ni de boca de los demás ni de boca de las propias entrañas, críticas que le hacen daño, sobre todo cuando vienen de las propias entrañas y de las personas que tanto nos importan (evidentemente una crítica de una persona puede molestar, pero una crítica de otra persona llega a doler, mucho). Y muchas veces, muchas, demasiadas, uno piensa en mandarlo todo a la mierda. Ayer conocí a una persona con la que pude hablar de esto, y me sorprendió ver que esta desidia, esta rendición incondicional, no es única en mí. Pero mal de muchos, consuelo de tontos, y aunque yo no sea muy listo, no me llega a consolar que mi mal no sea único.

No pocas veces pienso en esto, en la soledad de la cama antes de dormir, normalmente. Y en la oscuridad de mis pensamientos me encuentro a menudo cautivo y desarmado ante mí mismo. Pensando, ¿por qué hago esto? ¿qué gano con estos sinsabores? El otro día me fui a tomar unas cañas con mis buenos amigos, esos a los que llevo en el corazón allá donde vaya. Para alguien de mi trayectoria vital hay una palabra más profunda que ninguna otra, la palabra compañero, en toda su extensión, y creo profundamente que si alguien no tiene grandes compañeros por los que dar lo mejor de su vida, quizá su vida tampoco merezca mucho la pena (yo no sé para qué querría una vida sin compañeros). Como decía, el otro día fui a tomar unas cañas con mis compañeros, en toda la extensión de la palabra, y pensé, "¿Qué más puedo pedir que esto?" Era agradable, bueno, y no causaba dolor. ¿Por qué sufrir queriendo construir ése que a lo mejor no llego a ser?

Y vuelvo a pensar en la palabra compañero, en toda su extensión. Y pienso que también estos buenos compañeros me dieron muchos dolores y muchas hostias, muchas noches de lágrimas. Y pienso en mis otros compañeros, en los que comparten conmigo mi día a día en mi construcción como sumiso, en mi vida BDSM, en mi militancia BDSM (sé que a muchos de los que leéis las líneas que escupo en este blog no os gustan muchos de mis términos políticos, pero en estos términos pienso y siento). Pienso en estos compañeros que tantas hostias me dan a veces, que tantas lágrimas me hacen derramar y que, sí, tantas preocupaciones y tantos sinsabores se llevan de mi parte. Esta gente que sin palabras me dice todos los días que cree en mí mientras yo me pregunto qué hago aquí. ¿Qué voy a hacer? Vivir. Vivir y ser yo. Porque no sé si llegaré a ser el sumiso que quiero ser, pero sí sé quien soy, y la sumión BDSM forma parte de mi ser como cualquiera otra de mis facetas.

Y ya no es por ellos, es por mí. Por mí y por lo que soy. Porque si uno se traiciona a sí mismo, no puede ser leal a nada ni a nadie. Si uno no se entrega con plenitud a sus propios sentimientos, no se puede entregar ni a nadie ni a nada. ¿Cómo iba a mandarlo todo a la mierda? ¿Cómo iba a mandarme a la mierda a mí mismo? ¿Qué cubo de la basura puede ser tan profundo como para tirarme y no encontrarme ni yo mismo?

Entonces, ¿qué es lo que me impide avanzar? Si quiero avanzar, ¿por qué no puedo? Quizá lo quiera, pero no lo quiera de verdad, como alguien me dijo hace tan poco que aún retumba en mis sienes. O quizá aún no me di cuenta yo mismo hasta qué punto lo quiero. Quizá yo mismo no hayé consciencia de cuánto lo deseo y de quién soy yo. Porque sea quien sea éste que escribe, no sería yo mismo si no llevase conmigo todos estos sentimientos, toda esta necesidad de entregarme, y toda esta necesidad de mejorar, de aprender y, sobre todo, de ser absolutamente fiel a la única persona que jamás me perdonará si la traiciono. Yo mismo.

Una vez que uno acepta serse fiel a sí mismo, sólo se puede avanzar, no hay otra salida.

sábado, 19 de enero de 2013

Demostrarse a uno mismo.



Si hace tan solo un año alguien me hubiese preguntado cuál es la principal cualidad de un sumiso, diría sin dudarlo dos veces que la obediencia. La capacidad de obedecer lo que la Ama le ordene. Hoy estoy convencido, cómo no, que la obediencia es un factor muy importante en un sumiso, así como la lealtad (quizá la lealtad sea una cualidad que no nos define únicamente como sumisos, sino como personas), pero no creo que sea la mayor cualidad que un sumiso pueda mostrar.

Mi primer acercamiento al BDSM, como el de tantos otros, fue a través de los chats, en los que uno siempre se mostraba ante las Amas intentando demostrarles que estaban ante un sumiso que valía la pena tener en consideración. Algo, poco, fui aprendiendo y hoy creo que lo importante no es mostrar muchas y buenas cualidades, sino tenerlas. Y más allá de tener muchas y buenas virtudes, lo más importante quizá sea tener la voluntad de aprender y de crecer.

Se suele decir que el sentido común es el menos común de los sentidos, y que la inteligencia es el bien mejor repartido, pues nadie considera que le haya tocado poca o que a los demás les haya tocado más. Así, cuando hablamos de voluntad de crecer y de aprender parece que hablamos de una obviedad. Obviamente todos queremos aprender, todos decimos que queremos crecer... Pero tendemos a considerarnos ya muy inteligentes y muy grandes, como personas, como sumisos, como Dominantes... en cualquiera de nuestras facetas. Por ello no es tan fácil como parece tener una voluntad sincera de crecer. Entre otras cosas porque crecer significa dudar. Cuando uno sabe algo, mucho o poco, se siente seguro en lo que conoce. En cambio, cuando reconoce su desconocimiento se siente inseguro, porque no saber no aporta cierta inseguridad. Pero para crecer es necesario desnudarse ante uno mismo y entender dónde están las debilidades.

Quizá esa sea la principal cualidad que deba tener un sumiso, por encima de la propia obediencia. Porque obedecer es relativamente fácil, descargas la responsabilidad sobre otra persona. Pero el sumiso debe tomar decisiones, debe ser responsable de su propio destino, y para ello debe aprender todo aquello que no sabe.

Poner orden en la propia vida, amueblar la cabeza más allá del BDSM y encontrarse con la suficiente paz con uno mismo como para entregarse a otra persona. Decidir avanzar, y hacerlo, primero, por uno mismo, porque es difícil demostrarle nada a nadie si primero no te lo demuestras a ti mismo.

Y en ese camino estamos.

viernes, 11 de enero de 2013

Un silencio.


Tus ojos en los míos,
miradas inquietantes
que me asustan y erizan,
así son tus ojos tibios.
Fustas, azotes, instantes,
palabras que paralizan.

Y un silencio.

Órdenes, castigos y premios,
marcas en mi piel desnuda,
desnuda mi mirada niña,
orgullo pueril a tus pies soberbios.
La azotaina cruel y tierna se reanuda,
caprichosa dibuja en mi piel tu uña.

Y un silencio.

Cera roja sobre mi pecho
fluye como lava volcánica,
pezones retorcidos mil veces
porque sobre mí tu derecho,
siempre tu derecho, fructifica
germina y se reafirma con creces.

Y un silencio.

Un silencio que me enloquece,
que me tortura, que me mata,
en tu lejanía cercana, estremeciendo
mi corazón que se entristece,
me encierra y mil veces me ata
a mi sumiso sentimiento.

Y un silencio.

Y echo de menos cuando tú inundabas mis caninos sueños, y en el griterío silencioso adolezco, gélidas mis vísceras, sin conciliar descanso en mi pecho. Y añoro cuando todo era voz y nada silencio.